Llovía a mares en la ciudad podrida. Ya había atardecido y la luz de las farolas iluminaba las calles y hacía brillar el asfalto.
Eché un vistazo por la ventana. La gente se encogía bajo los paraguas y apresuraba el paso. Quienes no tenían nada con que resguardarse corrían como si el agua quemara en vez de mojar. Semejante cuadro, tan mundano y cosmopolita, me disuadió de salir. Y eso que aún conservo el chubasquero rosa que utilicé en el concierto que Rammstein ofreció en 2024 en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Montjuïc.
¿Por qué rosa? ¿Acaso tiene alguna importancia?
Aquel día llovió mucho. En realidad, estuvo lloviendo durante toda la semana y los chubasqueros de los bazares chinos se habían agotado, salvo los de color rosa. ¡Cuánto prejuicio masculino!
Yo solo temía que, al ser un producto de manufactura oriental a muy bajo precio, el chubasquero no se desintegrara sobre mi silueta en cuanto entrara en contacto con el agua.
Pero no fue así.
El chubasquero rosa del Lejano Oriente cumplió con creces el cometido para el que había sido concebido. No he vuelto a necesitarlo desde entonces. Pero fuera sigue lloviendo y yo quiero salir; necesito despejarme.
Mmmm... ¿por qué no confiar de nuevo?
Me temo que me he despistado un poco, ¿sigues publicando en substack?, me ha dejado de aparecer, pero sí te veo por aquí, ¿problemas?
ResponderEliminarHe dejado de publicar. Substack va muy bien, pero a la vez es un ecosistema muy hermético y cerrado.
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