Hoy, después de muchos años de amistad, Demenciano me ha hablado de algunos miembros de su familia.
Así he sabido que Egilona, su madre, nunca se gastó un céntimo en desodorante axilar, ya que exprimía la fruta con el sobaco, fuera el izquierdo o el derecho. Los zumos, según Demenciano, salían riquísimos, por lo que aún sigue sin entender por qué a edad temprana su madre murió de cáncer de alerón y él sigue vivo.
Su padre, Amalarico, también tenía singularidades. Siempre decía que una de las zonas del cuerpo que más había que cuidar era la boca, y como era alérgico al flúor, a diario se rociaba la dentadura con spray de éter después de cada comida. Asevera Demenciano que su padre nunca tuvo caries, pero siempre que sonreía aterrorizaba a toda la familia.
El abuelo Gundemaro era igualmente peculiar. Como el venerable anciano padecía insomnio, se pasaba las noches a la intemperie fumando cigarrillos de hojas secas de geranio envueltas en papel de periódico. Una madrugada veraniega, Demenciano lo encontró recostado en un olivo y calcinado de pies a cabeza. ¡Pero si el abuelo Gundemaro apagaba las colillas a martillazos! Al menos, Demenciano se consuela con el recuerdo de que la calavera carbonizada de su abuelo exhibía, aunque postiza, una sonrisa exultante.
Por último, me habló de su abuela Teodosia, la cual obtuvo fama de mujer hercúlea que no le temía a nada cuando, con sus manos arrugadas y callosas, partió el cuello del imponente jabalí que destrozaba sus cultivos. Tanto se lo creyó, que una tarde, ya muy avanzada de edad, le dio por bailar en la fiesta de la cosecha sobre las vías del ferrocarril recién inauguradas, mientras que el tren destinado a estrenarlas se acercaba a toda velocidad pitando con insistencia. «¡Que se aparte él!», exclamó la abuela Teodosia segundos antes de desaparecer en un estallido.
En fin, las familias no se eligen, y Demenciano se crió en una complicada.
Si que parece que Demenciano tiene una familia peculiar. Un placer pasar a leerte. Un abrazo
ResponderEliminarLuego los niños crecen como crecen y de mayores hacen cosas reprochables. Genial que lo hayas difrutado. Otro para ti. :)
EliminarMucho para digerir le ha tocado a Demenciano.
ResponderEliminarPor eso es como es. Hay que perdonarlo.
EliminarHola, Cabrónidas, madre mía, de dónde te has sacado esos nombrecitos, jolinesssss. Si ya tu pobre amigo con el nombre tenía bastante, ya no le hacía falta la familia que le había tocado en suerte que, además, también tenían telita... Los nombres digo, porque de lo demás, lo del zumo con la axila me ha matado...
ResponderEliminarUn abrazo. :)
Con esa familia solo puedes acabar como Demenciano, que tiene un sentido particular de la justicia. En cuanto al zumo frutal de axila... No debe ser tan nocivo cuando Demenciano sigue vivo, ja, ja, ja. Otro para ti. :)
EliminarOtra forma de desodorizar la axila es practicar un trasvase de de fluídos y olores.
ResponderEliminarPor ejemplo introduciendo unos cincuenta gramos de carne picada bajo el sobaco, y poner el brazo a pedalear como si fuera la pierna. En varias tandas.
Nunca comentar el ingrediente secreto que da sabor a éstas albóndigas con los comensales. Porque hay gente que tiene las papilas gustativas muy finas...
Sin duda, la clave está en la fuerza compresora de la axila.
EliminarOh no, solo de pensar en ese zumo jajajaja
ResponderEliminarTod un mundo aún por explorar. :)
EliminarVistos los antecedentes familiares, el hombre salió medio normal
ResponderEliminarTan solo es un incomprendido. :)
EliminarVaya familia.
ResponderEliminarPara acabar demente. O Demenciano. :)
EliminarCabrónidas, empezaste nombrando la peculiaridad de la madre y sus habilidades "axilísticas". Y después de leer las travesías mentales del resto de la familia, pienso que la madre era la más cuerda y hasta pintoresca. Demenciano debiera investigar si heredó algo de eso. Va un abrazo.
ResponderEliminarHola Julio. Hay en este blog sobrada constancia escrita al respecto. Heredó la parte más oscura. O una enfermiza combinación de todas. :))
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