7/10/21

72. La experiencia traumática de los amigos en su mayoría de edad

    Esta historia ocurrió hace años y llegó a mí en la barra de un bar por boca de sus dos protagonistas, cuyos anonimatos respetaré, puesto que la narración contiene material sensible y comprometido.

    Según palabras de Apolinario y Calasancio, su amistad se remonta a cuando se podían contar sus edades con una sola mano, y con cariño eran enjabonados por sus madres en la misma bañera, mientras compartían juegos inocentes con un patito de goma —amarillo, no negro—. El tiempo pasó fugaz hasta que los dos pequeños llegaron a la pubertad, que trajo consigo un voraz apetito sexual que pugnaba día y noche por ser alimentado. Es decir: querían follar, y querían con todas.

    Apolinario y Calasancio lidiaron con aquel ímpetu sexual a base de enajenación pajeril e intercambio secreto de porno gonzo hasta los dieciocho años. Es decir, no es que dejaran de cascársela y de consumir folleteo en pantalla, pero alcanzada la mayoría de edad, podrían acceder a ese antiguo mundo no regulado ni cotizable en la SS en el que trabajan mujeres, hombres y transexuales de edad, etnia y jerarquía social diversa. A su alcance tenían, por fin, el oscuro mundo del puterío en todas sus formas y posibilidades.

    Atendiendo a su condición de heterosexuales, acordaron alquilar el servicio de dos lumis para así, entre los cuatro y en la misma habitación, realizar todo aquello que habían visto en aquellas viejas cintas de VHS, actualmente deterioradas de tanto visionado enfermo, así como de aquellas revistas de páginas mil veces pringadas hasta el acartonamiento, ahora irreconocibles. Según ellos, tampoco se iban a avergonzar de su desnudez, puesto que la única cosa que requiere extrema privacidad es el inevitable y ceremonioso acto de cagar. Mientras que funciones tales como mear, escupir, follar y otras tantas, pueden realizarse en público sin remilgo alguno.

    Las elegidas para la consumación carnal, se ofertaban en un conocido periódico intercomarcal de la Cataluña central, con el nombre de Nube y Estrella. El anuncio en cuestión rezaba: "Nube y Estrella, veinte y diecinueve años de puro fuego y placer. Ninfómanas insatisfechas que cumplirán todas tus fantasías". Tan prometedoras palabras iban acompañadas de una foto en la que se exhibían dos chicas —rubia y morena— de cuerpos semidesnudos que parecían nacidos del trazo más inspirado de Milo Manara.

    Ahora solo restaba llamar al número telefónico indicado para concertar visita y la pasta a aflojar. 

   Llegado el día elegido, aquel par de jóvenes granujientos se personaron en la dirección recibida y pulsaron el timbre. La puerta se abrió mostrando una oscuridad inquietante, de la que se oyó una voz amortiguada que los invitó a pasar. Cuando cruzaron el umbral,  la débil luz del recibidor se encendió, y una mujer de edad imprecisa surgió de la penumbra dirección a ellos como si se desplazara sobre ruedas.

    La casa de lenocinio donde Nube y Estrella vendían su cuerpo, era un lugar frío con un fuerte olor a incienso. La intermediaria los miró con un rostro desdibujado —semejante al de Jack Nicholson cuando declaraba desde el estrado en Algunos hombres buenos (1992)—, como si pensara que no sabían dónde coño se habían metido. Los dos amigos solicitaron los servicios de Nube y Estrella como se acordó. Pero qué casualidad, Nube y Estrella no se encontraban bien, por lo que tuvieron que elegir a otras dos chicas que sí estaban de servicio.

    En este punto de la narración, Apolinario y Calasancio, como si de veras lo necesitaran, se pidieron otro Jack Daniels con hielo y se pasaron la mano por la cara, como si de ese modo alejaran un mal recuerdo a punto de destapar.

    Continuaron narrándome con voces un tanto temblorosas, que la intermediaria los condujo por un pasillo de sombras hasta una habitación mal iluminada, en la que tenían que esperar a las furcias. Al cabo de unos cinco minutos de incertidumbre, un sonido de tacones, lento pero obstinado, fue ganando volumen hasta que la puerta se abrió con un lamento. Dos mujeres en lencería cutre, con piernas arqueadas de andares oscilantes y calzadas con tacón largo, se personaron y el horror se instaló para siempre en las retinas de aquellos pobres muchachos.

    Es probable, que de existir el ideario de Tolkien, los orcos de Mordor tendrían mejor aspecto, porque no había atisbo alguno de femineidad en aquel par de hijas bastardas de Sauron. Sus cuerpos eran de una magnitud esquelética indescriptible, como si la inanición hubiera currado horas extras en aquellas anatomías. Y sus caretos estaban cubiertos por unas greñas apelmazadas, que parecían el mocho de la fregona de una charcutería de Calcuta.

    Apolinario y Calasancio enmudecieron y engulleron sus bebidas de un trago. Luego, finalizaron contándome que, con una palidez que extralimitó a la misma muerte, escaparon de aquel burdel del horror que de manera tan cruel truncó sus libidinosas expectativas.

    Y desde luego ninguna de ellas era luchar por la posesión del anillo.





P.S.: Kolision Mosh, naturales de Rubí (Barcelona), dejaron claro en su día que la canción Pepa la Cachonda, tan solo corresponde a su muñeca hinchable doméstica y de ningún modo a una mujer de carne y hueso, viva o muerta.


18 comentarios:

  1. Muy atrapante de comienzo a fin, gracioso, dramático. Me gusta mucho tu forma de ir narrando los hechos con un toque de humor y aportando datos musicales, de cine y culturales.

    ResponderEliminar
  2. Jajaja, ¡es genial!!! Y a esa edad con las hormonas explosivas ha sido muy fácil caer en esta redes.
    Aunque la mayoría de los adolescentes, ellos y ellas ya follan hasta en el cole :))
    Super, me encantó y Tolkien en medio de la historia también.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es posible que en los tiempos del VHS no eran tan precoces como ahora. O esa precocidad se notaba menos. Cojonudo que hayas disfrutado con la lectura.:)

      Eliminar
  3. Tuvo que ser una experiencia terrible, eso no se olvida por muchos años que pasen.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eso marca de por vida. Nunca olvidarán, me han asegurado.

      Eliminar
  4. Pobres chavales, pero en su situación tambien chicas podrían juntarse y ahorrarse la pasta y el "horror"

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Totalmente de acuerdo. Bastante degradante es ya de por sí la esclavitud laboral, para encima hacerlo de ese modo.

      Eliminar
  5. ¡Hola!
    Vaya que sí, ¡qué bueno! humor a raudales, muy ingeniosa y divertida la historia, con ese elemento que cataliza el final. La verdad que no he parado de sonreír con esos detalles que has curado hasta en el mínimo particular.
    Un saludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola. Tienes material en este blog para sonreír y reír durante varios días. Bienvenida.

      Eliminar
  6. Lo repito: con este hombre me he topado con la risa en su esplendor. Qué bien me la he pasado en este relato, si bien podría ser de impacto para los jóvenes, el narrarlo con tanta gracia y olvidando la solemnidad, acaso invite a los chicos precoces en vez de asustarlos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La vida ofrece toda clase de lecciones: en la sección de contactos de los periódicos también se miente.:)

      Eliminar
  7. Yo creo que Apolinario ya ha salido en alguna otra de tus historias, ¿no? A ver is te ha traicionado el subconsciente y has revelado su identidad sin querer! jajaja Por otro lado, te das cuenta de que Nube y Estrella, las dos únicas con nombres normales, al final no salen en el relato porque estaban indispuestas, ¿no? Nunca permitirás que nadie con un nombre NO horrible protagonice uno de tus textos, ¿verdad? jajaja

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que no. Quizá te confundes con Afrodisio, uno de los protagonistas de la entrada número 30. Domingo mortal. Y por supuesto, has dado en el clavo: todos mis personajes, que son reales como todo lo narrado en el blog, tendrán nombres que nunca debieran existir, pero que tienen su encanto.:))

      Eliminar
  8. Eso es una experiencia traumatizante y lo demás son tonterías.

    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pobrecillos, tendrían que haber utilizado el cortejo en la discoteca, como se hacía en aquellos tiempos prehistóricos.

      Eliminar
  9. Esos dos no volverán a pecar de inocencia. La vida tiene métodos muy peculiares para instruir. Me he reído mucho con el relato.

    ResponderEliminar

RAJA LO QUE QUIERAS