10/3/26

532. Bajo tierra sin ser enanos

    Era su primer día en la mina. A media mañana, minutos después del almuerzo, se acercó a mí y me preguntó, con cierto reparo y mucha urgencia, lo que siempre inquieren todos los nuevos un día u otro.

    Le di las indicaciones pertinentes y, sin pensárselo, se colocó el resto de su EPI (equipo de protección individual), que comprende, además de lo que ya llevaba puesto, el autorescatador de oxígeno y la lámpara recargable de LED. Luego se proveyó de una generosa cantidad de papel azul secamanos de la gruesa bobina industrial. Se puso al volante de uno de los muchos coches que utilizamos para los desplazamientos y, como una bala, se dirigió a donde lo envié.

    Sonreí mientras se alejaba. Los que llevamos años trabajando en las profundidades terrenales hemos padecido esa misma urgencia más de una vez. «Espero que le dé tiempo», pensé. Y luego me pregunté qué cara traería a su regreso. Algunos novatos disimulaban su conmoción por puro orgullo. Pero la mayoría era incapaz de ocultarla. Él fue de los últimos.

    Volvió al cabo de unos veinte minutos y se dirigió a mí con el semblante desprovisto de urgencia, pero del todo desencajado. Y me recriminó que yo era un cabrón por haberlo mandado a hacer sus necesidades excretoras a una galería enorme y oscura, sembrada de mierda en diferentes fases de descomposición y apestosa como mil letrinas.

    —Pues claro —contesté—. Estás en una mina a novecientos metros de profundidad.

    Y llegó mi momento preferido:

    —¿Qué te pensabas encontrar? ¿Un jardín?



6/3/26

531. Cuestión

    Son las 2:34 a.m. del viernes mientras escribo esto. Con suerte, el sueño llegará dentro de cuatro o cinco horas. Sin suerte, me acostaré a las ocho de la mañana, como los últimos siete días que llevo currados en el turno de noche. ¿Hay alguien tan despierto como yo al otro lado de la pantalla y que, encima, tenga sus ritmos circadianos deshechos como los míos?

    Supongo que no.

    Son las 2:34 a.m. del viernes cuando descubro, con total estupor, que el blog de mi querido y admirado Tarkion ya no existe. En su lugar aparece una página que responde al nombre de Botica Maestra.

    Se me ocurren varias razones para abandonar un blog y dejar de escribir en un medio público. Y otras tantas para desaparecer de las redes sociales. Pero solo hay dos maneras de hacerlo: despidiéndose de los seguidores o haciéndolo en silencio.

    Tratándose de alguien tan comunicativo como Tarkion, con mucha presencia en sus cuentas y un talento prodigioso para la escritura, no me cabe duda de que hubiera elegido lo primero. Pero, como no ha sido así, las razones que me asaltan son oscuras. No pretendo ser tremendista, pero quienes lo conocieron por este medio e interactuaron con él sabrán a qué me refiero.

    ¿Sigues ahí, maestro?



3/3/26

530. Bípedos siendo cuadrúpedos

    Llevo unos días leyendo sobre algo de reciente viralización llamado teriantropía. No es que me interese, pero me he obligado a ello antes de escribir esta entrada. Y me ha dado la sensación de que todo lo que he leído sobre el tema intenta convencerme de que es una práctica similar al teriomorfismo de culturas antiguas muy ligadas al chamanismo.

    Y no cuela.

    Si bien es cierto que tanto practicarlo como presenciarlo es indoloro, el terianismo moderno (así lo llaman los supuestos entendidos) no deja de ser una conducta ridícula, anormal y poco simpática. A mi modo de ver, apenas guarda relación con la profunda espiritualidad que sentían algunas culturas ancestrales, del todo respetables, respecto a los animales.

    Sin ir más lejos, desde que cumplí diez años no dejo de sentir una profunda conexión con los chivos que retozan libres por las accidentadas montañas del planeta. Pero, en mi condición de bípedo, aparte de que no tengo nada que expiar, nadie me verá transitar la ciudad a cuatro patas con la cara cubierta por una careta astada de cabrón, a no ser que esté en un concierto de Marduk (por ejemplo), seriamente inducido por sus ritmos blasfemos.

    No existe ya salvación alguna para nuestra raza y, en un momento dado, nadie escapa de ser un idiota. Pero, en mi caso, no será por algo tan visible, triste y burdo como la teriantropía actual.




27/2/26

529. Invocaciones y plegarias

    ¡Salve a Namtaru, portador de la peste, que camina al lado de la Reina del Inframundo!

    ¡Salve a Lamashu, devoradora de infantes, diosa de la pesadilla y la enfermedad!

    ¡Salve a Asakku, espíritu de la fiebre y la muerte, que abate a los sanadores!

    ¡Salve a Pazuzu, rey de los vientos, señor del hambre, el caos y la tormenta!

    ¡Salve al espíritu exaltado del mal mismo, manifestado como la esencia sagrada de un arma forjada por la pestilencia!

    ¡Salve a Alal, portador de la muerte, y a su hueste malvada, que se arrastra por las profundidades!

    ¡Salve a Ningirsu, dios de la guerra y la caza! ¡Tu nombre rasga el velo y tus vientos llevan a los muertos!

    ¡Salve a Umdugud, la bestia de la tormenta con cabeza de león y alas de trueno!

    Y de nuevo clamamos: ¡Salve! ¡Salve! ¡Muerte a nuestros enemigos! ¡Atadlos! ¡Sometedlos! ¡Drenadles la fuerza vital!

    Con humildad os invocamos, espíritus del inframundo. ¡Que vuestra ira sea nuestra victoria y camine entre nosotros!



24/2/26

528. 6G

    ¿Era el viento las orejas de 6G en movimiento? En efecto, 6G era un orejón como nunca nadie ha conocido. Pero ya nunca tendremos la respuesta. La última vez que lo vimos con vida, 6G tenía quince años y se agarraba, de cara al marco de la ventana de un octavo piso, con los brazos estirados y los pies apoyados en el alféizar, asomando el culo al vacío.

    Los que lo conocíamos, aunque alarmados, sabíamos que no era un intento de suicidio. A 6G le gustaba el riesgo y atraer miradas. Y también era bastante subnormal. Tardó un parpadeo en estrellarse contra el suelo. Con todo, nos dio tiempo a pensar que quizá movería sus orejas como Dumbo y ascendería por los aires para posarse, cual superhéroe marveliano, en alguna cornisa.

    Por lo demás, no es que fuera un chaval ejemplar. Sin ser un elefante, tenía mucha trompa para su edad. O más cara que el monte Rushmore, según se prefiera. También tenía inclinaciones sádicas. Le gustaba el maltrato animal, ya fuera como espectador o verdugo. Probablemente, si 6G hubiera vivido más tiempo, habría acabado siendo uno de esos cazadores que ahorcan a sus galgos de un árbol cuando ya no les sirven, o un despreciable taurófilo.

    Creedme que, salvo señal, no se perdió mucho.



21/2/26

527. Míster Mierdas

    De vez en cuando, Mierdecillas deja caquita maloliente en mi correo con una risible retórica de reverso de bolsa de pipas. Lo que lleva a preguntarme por qué una persona es de una manera y no de otra. Puede que Mierdecillas, en una época delicada de su infancia, tuviera unos progenitores que le obligaban a fumar en papel de plata por la mañana, cuando, en edad de crecimiento, lo que se debe almorzar son vasitos de leche con Cola Cao.

    O quizás, de adolescente, Mierdecillas tenía la cara sembrada de un horrible acné purulento y su sola presencia aterrorizaba a las chicas del instituto e inspiraba entre los chicos las burlas más hirientes, hasta el punto de que hacía novillos en soledad para hundir el hocico en pañuelos empapados en gasolina y aturdirse.

    El caso es que, en sus pataletas de bufón rural vía email, Mierdecillas parece... no sé cómo decirlo: ofendido, provocado, malhumorado... Aquellos que lo conocen afirman que, detrás de toda esa pose de King Kong de cartón piedra, Mierdecillas es un animalito afable y comprensivo. Por lo tanto, como está equivocado y sin ánimo de que se sienta especial, entenderá que deba ofrecer al mundo bloguero esta entrada.

    Verás, Mierdecillas, nunca he malcomentado en tu blog, aunque hay alguien más oligofrénico que tú que sí lo hace con mi nombre. Lo ha hecho en los blogs de tus amiguitos y, con toda seguridad, también en el tuyo. Que tú hayas sido el único que ha caído de cuatro patas en las provocaciones del mencionado suplantador hijoputa dice mucho. Eso me lleva a pensar que serías un concursante ideal para Gran Hermano, si no fuera porque te pasas de tonto.

    Obviamente, que te lo creas o no, para mí es tan importante como el número de veces que entras al lavabo, al cabo del año, para sentarte en la taza y hacer honor a tu apodo. Creo que tienes que cambiar de camello o esnifarla de más calidad; y ni se te ocurra dejar de escribir. Si algo me gusta de la blogosfera es que haya diversidad, y eso implica que tenga que haber de todo. Incluso divertidos personajillos escatológicos como tú, que van de duritos con una prosa ramplona y volátil y que, de vez en cuando, hacen reír a tipos risueños como yo.

    En realidad, Mierdecillas, creo que eres un buen chavalín, por lo que, a buen seguro, tú también sabrás perdonarme.

    Como te prometí, he aquí tu momento de gloria.

    Mierda, cagao, culo.




18/2/26

526. Hacker

    La entrada que programé para que se publicara ayer no ha aparecido. Y es algo normal, porque no la encuentro por ningún sitio. Quiero pensar que se debe a la obsolescencia de esta plataforma olvidada, y no a los ajustes pertinentes que hice un poco pasado de octanaje etílico.

    Sin embargo, también me ha pasado una cosa igualmente inesperada, pero buena. Se trata de una cuenta de Twitter que abrí hace unos tres años para promocionar el blog. Nunca he interactuado en ella e incluso la tenía configurada para que no me llegaran mensajes ni avisos. Lo cual hace que me pregunte para qué la abrí, en realidad. En fin, ayer iba a darle matarile y resulta que la tengo hackeada.

    Así que, seas quien seas, gracias.

    Con la de Gmail no vas a poder.

   


 

13/2/26

525. En la consulta

    Estimado lector y querida lectora, esto que a continuación relato ocurrió tal cual.

    Antonio, alias Carabú dado su rostro difícil, al final accede a someterse a una sesión de hipnosis para curar su migraña. No por desesperación, ni tampoco porque la ciencia, por el momento, sea incapaz de ofrecer una cura definitiva, sino porque fue tal el empeño de su mujer que llegó a ser peor que la propia dolencia. Es decir: Carabú no tuvo más remedio, ni para lo uno ni para lo otro.

    Así pues, llega el día concertado y Carabú, en compañía de su mujer, entra en la lujosa consulta del hipnotista. Hacen las presentaciones de rigor y hablan de sus episodios de migraña, que suelen ser recurrentes e intensos. Acto seguido, por petición expresa del hipnotista, Carabú se tumba en un diván y cierra los ojos. Su mujer está sentada en un sillón, a cierta distancia, para no perturbar la conexión preternatural entre sanador y paciente.

    El hipnotista, desde la penumbra y con voz entrenada, insta a Carabú a que se relaje y visualice un entorno paradisíaco bañado por un sol que no quema. Al cabo de un eterno minuto de reloj, el hipnotista le pregunta a Carabú si ya está inmerso en su visualización. «Sí, estoy», contesta Carabú sin convencimiento alguno. Su mujer se intranquiliza, pues conoce a su marido y sabe que no visualiza un carajo. «¿Ves el sol, Antonio?», continúa el hipnotista. «¿Ves tu sol en todo su esplendor?». «Eh... sí, lo veo», responde Carabú en pleno trance con un carraspeo. Su mujer no cree una palabra. Va a pasar algo de un momento a otro, está segura. «Bien, Antonio, pues, si lo ves, viaja hasta él y traspásalo».

    En ese momento, Carabú se levanta del diván con una agilidad inusitada y un reniego, coge a su mujer de la mano y le contesta al hipnotista que lo único que va a traspasar es el umbral de la consulta para salir y no regresar jamás.



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