Es verano y la piscina está llena de niños que corren detrás de insectos y de otros niños. Sus madres retozan sobre las toallas extendidas, con el móvil entre las manos y un cigarro entre los dedos. Fuman como carreteros, hablan gilipolleces y sueltan tacos con una naturalidad que, dentro de unos años, se verá reflejada en la boca de sus hijos. Se llevarán las manos a la cabeza —no porque tengan algo dentro— y les parecerá intolerable. «¿Dónde habrá aprendido este niño a hablar así?». Probablemente no recordarán aquellas tardes.
El agua está caliente como el asfalto y tiene un color sospechosamente parecido. Los chavales se revuelcan en el césped, que ya no es césped, sino hierba marchita, crema solar y restos de verano. Algunos se buscan, se encuentran y se ocultan bajo una toalla. Otros leen libros ensalzados por la crítica que parecen escritos para que nadie tenga que recordar una sola frase cuando llegue septiembre.
Hay también un socorrista que despierta las fantasías sexuales de las madres fumadoras y de los homosexuales, conocidos y desconocidos, que hay en la piscina. Está sentado bajo una sombrilla publicitaria que incita al consumo de drogas blandas, dormitando con los ojos abiertos y una expresión ausente. Algunos lo miramos de reojo y hacemos cálculos. Si alguien se ahoga, ¿cuánto tardará en darse cuenta? ¿Llegará a levantarse? ¿Sabrá nadar?
Eso es el verano en algunos barrios y algunos pueblos: piscinas comunitarias siempre más llenas que cualquier biblioteca o librería; niños poco vigilados que harán bullying el día de mañana; adultos agotando el último día de vacaciones con resignación y sudor bajo las sombrillas. Y, más allá, rotondas con flores de plástico plantadas por el ayuntamiento para que parezca que hay algo vivo entre tanto cemento.
Pero contarán como zonas verdes.
Supongo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
RAJA LO QUE QUIERAS