Cuando los veo caminar, me veo a mí mismo dentro de unos años. Avanzan a la velocidad de la ultralentitud, agarrados al brazo de una persona joven o sostenidos por un bastón. Eso, en el mejor de los casos. Si el viento arrecia, ni siquiera se aventuran a salir y, si ya están en la calle, se detienen o buscan el resguardo de una pared amiga.
Lo que más captura mi atención son sus miradas. Algunas incluso me sobrecogen por su vaguedad. Miran como si todo les fuera desconocido y nuevo; como si se encontraran desubicados en tierra de nadie. Quizá sienten que ya no pertenecen a este mundo o que este los aparta a empellones hasta relegarlos a un rincón.
Sus bocas casi siempre permanecen abiertas. Dicen mucho sin pronunciar palabra y sus manos apergaminadas tiemblan. Yo los veo, aunque parezcan invisibles a los ojos de los demás. Y, en las oscuras tardes de invierno, cuando el entramado lumínico navideño funciona a pleno rendimiento, percibo el tenue fulgor de sus auras moribundas.