11/9/25

480. Monumentos fecales

    Fue beneficioso para la higiene pública, entre otras cosas, que se aprobara la Ley de Memoria Histórica. Era del todo necesario que las estatuas ecuestres del Caudillo y la de Melilla —en la que no hay equino— dejaran de intoxicar con su presencia el paisaje de todos los ciudadanos. Desde aquel día, España, a pesar de seguir siendo un país de cabreros, empezó a ser mejor, si es que eso es posible.

    Esos monumentos, que nunca debieron existir, ya no pueden ser vandalizados ni recibir desde las alturas las corrosivas defecaciones de las aves, que era lo que merecían, además del desprecio. Al menos, ahora mueren de olvido e invisibilidad, celosamente resguardados entre cuatro paredes: unas públicas, otras privadas y otras de acceso burocrático complejo, por no decir imposible.

    Queda mucho por hacer; queda mucho que limpiar y desinfectar. Pero se hará tarde porque ya es tarde. Y cuando se intente hacerlo, si es que alguna vez se hace, los simpatizantes del Caudillo y su puta fundación nacional de pajilleros volverán a poner piedras en el camino. Para entonces, espero seguir vivo y verlos fracasar una vez más.



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