Juventud.
Qué época tragicómica aquella: espíritu gremial, profunda ignorancia, mucha hambre, traiciones, desengaños supinos, vomitonas, bromas crueles, macedonia de drogas al alcance y amaneceres deprimentes. No sé cómo no me tiré de cabeza por un acantilado, no sin antes llevarme por delante a tres o cuatro indeseables.
Pero ahora que voy directo hacia la decrepitud, puedo decir que yo, como tú, también formé parte de la juventud de la nación. Porque, al final, nunca di un paso de más cada vez que me asomaba al abismo. Siempre encontré una razón para darle la espalda. Y, cuando no la encontraba, me bastaba con odiar, escupir al vacío, blasfemar y mear a favor del viento.
Pero, mierda, nos hacemos mayores y todo deja de impactar con la fuerza de cuando todavía quedaba mucho camino por recorrer. Todo, salvo la canción de la entrada de hoy.
Pasada la época dorada, esa canción golpea más fuerte y se clava más hondo. Quizá porque ahora escucho en ella a todos los que quedaron atrás. A los que fueron jóvenes como tú y como yo y se quedaron a medio camino por una mala decisión. A los que, en algún momento de su juventud, se hicieron daño a sí mismos y a quienes tenían a su alrededor.
Tú y yo fuimos la juventud de la nación. Y esa canción era para mí y para ti, si ya empiezas a tener un pasado. Ahora ya no habla de nosotros ni nos pertenece. Ahora es para todas las almas jóvenes que llegan y están por venir. Y también, eternamente, para los que, demasiado pronto, dieron —y darán— un paso de más hacia el vacío.

