6/1/26

514. Guerrillas

    Kariem es un jovencito de doce años recién cumplidos que vive en Sudán. Hoy, día 6 de enero del 2026, ha ejecutado a tres corresponsales de guerra con un AK-47. Un arma que, colgada de su cuello con el portafusil ajustado a su mínima longitud, le llega casi hasta las rodillas. 

    Por lo visto, esos periodistas eran muy entrometidos. El hombre de la cámara no dejaba de grabar y la otra mujer no paraba de fotografiarlo todo. El tercero... Bueno, el tercero no grababa ni fotografiaba, pero iba con ellos y había visto demasiado. 

    Como premio por el trabajo bien hecho, supone Kariem que sus superiores le dejarán ver la tele. Espera estar de suerte y que no se interrumpa el suministro eléctrico ni se pierda la señal de antena, que suele ser lo habitual. 

    Los primeros días de adiestramiento fueron duros, pero se hicieron bastante llevaderos en cuanto se hizo adicto a los cigarrillos, al alcohol y a las anfetaminas que los instructores le ofrecían. Después de todo, no eran tan malos como creía.

    Ahora ya no sabe pensar y apenas recuerda quién era antes de su reclutamiento. Pero lo que nunca olvidará es que es mejor morir en combate que de hambre. Las balas te matan rápido y la hambruna no.

    Hoy, día de magia en occidente, dos revoltosos niños de la edad de Kariem juegan y saltan alrededor de sus padres mientras pasean. Y cuando me cruzo con ellos en la acera, los niños ríen y me encañonan con sus pistolas de juguete. 

 


 

1/1/26

513. Punto y seguido

    Para mí, desde hace mucho, un año que sucede a otro año no es más que un punto y seguido. No tengo nada que reiniciar, sino cosas por continuar y hábitos en los que seguir. De modo que no recuerdo la última vez que hice balance de algo. Joder, ni siquiera he escrito la entrada obvia y nimia que haga balance sobre este blog. Supongo que algún día llegará, según sienta.

    El calendario, ese sistema numérico y convencional que mide y organiza nuestro tiempo, me indica que he empezado un nuevo año. De acuerdo. Pero yo, de forma inconsciente, reduzco ese dato a su mínimo significado y solo lo aprecio como que mi existencia, lejos de cualquier transición, sencillamente continúa sin estridencias, sin planes y alteraciones.

    A menudo, por estas fechas, leo escritos tan floridos como profundos sobre valiosos aprendizajes y lecciones edificantes de vida. No lo dudo cuando es a nivel personal. Pero en lo que se refiere al colectivo, por mucho que me fije, indistintamente de la perspectiva, solo veo desaprendizaje. No me sorprende, puesto que nunca hemos sido buenos alumnos en nada.

    Cada cual tendrá su visión particular sobre todo aquello que observa. No hay problema. Todos sabemos que hay quienes miran y no ven, y quienes solo ven lo que quieren. Yo quiero verlo todo, pero más allá de la superficie. Quiero saber qué verdad hay escondida debajo de la alfombra y la manta. Esa que siempre nos será desconocida y aguarda junto al escándalo y la vergüenza.

    Así que no reanudo, no recomienzo, no reemprendo, no restablezco, no reinicio. Solo continúo, sigo, prolongo, persisto, mantengo. Sin dejar de mirar y tratando de ver.

 


 

29/12/25

512. Cuenta atrás

    Cuando te quisiste dar cuenta ya estabas a las puertas de un nuevo año. ¿Otro ya? ¿Tan pronto? El tiempo finito del que disponías se agotaba rápido y volvía a robarte otra pequeña porción de fuerza vital en favor de más cansancio y nuevas arrugas en la piel. También un poco más de todo aquello que, por inevitable y certero, no acababa de gustarte.

    Releíste la lista de deseos incumplidos y te avergonzaste un poco. Cuando la escribiste, no pensabas que volvería a ser otra enumeración de fracasos. Pero el año estaba a punto de morir y su final te mostraba la misma repetición anual de autoengaño flagrante. Así que arrugaste esa verdad incómoda y la tiraste a la papelera de los propósitos frustrados y las causas perdidas.

    Quizá era momento de afrontar el año con una nueva perspectiva, o ni siquiera eso. Empezarlo con la única intención de dejarse arrastrar o mecer por la marea de los acontecimientos predecibles e impredecibles. Y cuando tocara, ponerse en las manos arriesgadas de la improvisación.

    Puestos a desear para el inminente dos cero dos seis, estaría bien que Diosa Fortuna sonriera de una vez por todas a quienes sufren el azote de la guerra, malviven en la indigencia, se consumen de hambruna... O que se desatara alguna peste especialmente selectiva y se llevara a unos cuantos miles de hijos de puta. 

    Estaría bien, a sabiendas de que la realidad volverá a recordarme —como siempre y sin pedir permiso— que algunos deseos tan solo son pura entelequia, y que mañana será igual que ayer.  

 

    

26/12/25

511. ¡Adelante!

    Qué más da que nos hayamos fumado un pitillo mientras hablábamos de nuestras familias. Que nos contáramos lo mucho que echamos de menos nuestros hogares. Qué importa que en el partido de fútbol improvisado, me tendieras la mano para levantarme del suelo cuando me barriste en el área de la portería. Que cantáramos unos villancicos y nos intercambiáramos algunos presentes.

     De qué ha servido el alto el fuego si seguimos en 1914 librando la Gran Guerra desde nuestras trincheras de barro ensangrentado. Qué sentido tiene la tregua, cuando el 25 de diciembre ya ha transcurrido y de nuevo debemos amartillar nuestro fusil y ajustar la bayoneta para matarnos porque volvemos a ser enemigos. Dónde ha quedado la paz, ahora que las detonaciones se unen a nuestros gritos de guerra y nuestros respectivos mandos nos ordenan: «¡Adelante!». 




22/12/25

510. Los buenos deseos

    ¡Eh, tú! Ahora que estamos en la semana en la que profesas amor, paz y buenos deseos para el prójimo, que no sea solo porque es lo que toca. Así no ayudas a todo aquel que de su vida miserable necesita escapar, y que para ello debe recorrer vastas distancias hasta llegar al cayuco, y de ahí cubrir enormes extensiones de agua. Así que deja de emborracharte desde el calor de tu casa con consignas navideñas que de nada sirven. Pasa a la acción útil: no regales al que ya tiene, y obsequia a los hijos del hambre un chaleco salvavidas, ropa de abrigo o un par de deportivas blancas.




18/12/25

509. El rito secular

    Después de tres o cuatro días de borrascas reparadoras, las calles húmedas despiden un brillo correoso al contacto intangible de la luz eléctrica. Las zonas públicas de la ciudad que los sintecho eligen para quedarse están iluminadas por haces de luz amarillenta y cálida. Quizá es la única manera que tienen de sentirse acogidos. Ninguno de ellos arrastra su desamparo por las áreas industriales. Esas zonas que en las fechas señaladas quedan solitarias y silenciosas, y por la noche son alumbradas por la luz fría y azulada de la soledad, donde ningún empresario les ofrecerá nunca una oportunidad. 

    Pero la ciudad, en su impasible indiferencia, también acoge en sus entrañas de hormigón y acero a los afortunados que tienen una vida feliz, o una vida. La semana que viene veré a esos alegres seres hacerse fotos con Papá Noel. El impostado anciano regordete vestido de rojo y blanco —porque así lo quiso consolidar Coca-Cola en los años treinta— sostendrá con su mano enguantada una campanilla que hará sonar en las entradas de los comercios medianos y grandes almacenes a la voz de «¡Jou, jou, jou!», «¡feliz Navidad!». Y los sonrientes dueños de esos negocios se fregarán las manos y pensarán para sus adentros: «¡Entrad y comprad, comprad, comprad!».

    El rito secular, tradición cíclica maldita, ya estaba dispuesto para obrar en nuestras vidas felices e infelices.



15/12/25

508. Los últimos días

    Cuando los veo caminar, me veo a mí mismo dentro de unos años. Transitan a la velocidad de la ultralentitud, agarrados a un brazo joven o sostenidos por un bastón. Eso en el mejor de los casos. Si el viento arrecia, ni siquiera se aventuran a salir, y si ya están en la calle, se detienen o buscan el resguardo de una pared amiga.

    Lo que más captura mi atención son sus miradas. Algunas incluso me sobrecogen por su vaguedad. Miran como si todo les fuera desconocido y nuevo; como si se encontraran desubicados en tierra de nadie. Quizá sienten que ya no pertenecen a este mundo, o que este los aparta a empellones hasta relegarlos en un rincón.

    Sus bocas casi siempre están abiertas. Dicen mucho sin pronunciar palabra, y sus manos apergaminadas tiemblan. Yo los veo a pesar de que parecen invisibles a ojos de los demás. Y en las tardes oscuras de invierno, cuando el entramado lumínico navideño funciona a pleno rendimiento, percibo el tenue fulgor de sus auras moribundas.




12/12/25

507. Descreimiento

    Yo, pese a mi descreimiento generalizado, creía en Muerte. Pero mi fe en ella se ha debilitado, porque se ha llevado —y en tan solo dos días— la vida de Roberto Iniesta y Jorge Martínez, antes que la de Nacho Cano y José Manuel Soto. ¿Es que no se da cuenta de que el mundo necesita mucho más a los macarras y antihéroes que a los boceras y populacheros?



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