3/4/25

435. Ausencia presente

    Después de ocho años, más que recordar, aún veo tus ojos en ese rostro que me acalora. ¿Eran verdes o azules? Nunca lo he sabido con exactitud, y eso que me perdí en ellos las veces suficientes para no albergar dudas. 

    La primera vez que me cautivaron fue cuando te quitaste la gorra y las gafas oscuras bajo aquel sol abrasador de finales de junio, y la distorsión atronadora de las guitarras llenaba el aire de todo el descampado desde el escenario. Fue en ese momento de las presentaciones cuando cruzamos nuestras primeras palabras, ahogadas por los decibelios, cuando te miré antes que tú a mí y te quedaste en mi cabeza.

    Esta noche, si bien nunca te vas del todo, has vuelto con especial intensidad a recordarme que ya no estás, y me engaño a mí mismo intentando creer que nunca has existido. Por eso hoy, más que otras veces, siento la necesidad perentoria de cagarme largo y tendido en todos los dioses que animan el vacío existencial de las almas perdidas. 

    Perdidas como la mía, ahora que no sabe a dónde va o a dónde debiera ir, porque después de aquellos tres días de música en directo ya nunca apareciste. Llegaron otras, sí, pero nunca volvió a ser igual que contigo. ¿Has vuelto a sentir aquella sincronización de suprema realización? ¿La alquimia perfecta de fundirnos en el fluido del otro? 

    Quizá solo se trata de aceptar, más que entender, que hay situaciones irrepetibles, y volver a conseguir semejante grado superlativo de complicidad, exigiría que antes fuéramos capaces de comulgar con nuestras propias contradicciones, tan estúpidas y humanas, para así otorgarnos el beneplácito de adentrarnos juntos en la verdadera esencia de la vida y el sentimiento. 

    Pero para eso también tendrías que volver y el tiempo no hace más que escaparse y reforzar tu ausencia. De modo que sal de mi cabeza de una puta vez y desaparece del todo. Y aléjate tanto que ni mis recuerdos más vívidos puedan alcanzarte.

   


 

31/3/25

434. Preparando el kit

    Bueno, Europa, la eterna puta sumisa de los EUA, básicamente nos está diciendo que durante setenta y dos horas tengamos mucho miedo. ¿Habéis cedido a la credulidad y ya tenéis preparado vuestro kit de supervivencia? Y si es así, ¿habéis incluido el papel del culo porque no tenéis bidé? 

    Bien, setenta y dos horas puteados por vete a saber muy bien qué, tampoco parece tan grave, aunque la mayoría de la población mundial no pueda pasarse ni setenta y dos segundos sin asomarse a las redes. ¡Eso no, Dios mío! En cualquier caso, sería la crisis más breve de la Historia, ¿puede ser?

    En conclusión, a no ser que vea al acerado Painkiller con sus ruedas dentadas descendiendo del cielo contaminado, dispuesto a destruirnos para salvarnos porque resulta que todo está más jodido de lo que creemos, continuaré sin equipo de supervivencia, sin remojar mis barbas, y bostezando como un buen occidental acomodado e incrédulo, que observa las guerras y sus consecuencias colaterales en las noticias, los libros y el celuloide.




27/3/25

433. Caídas y caídas

    Hay caídas y caídas. Las que hacen reír, por ejemplo, son como las del inspector Clouseau, que hace girar un globo terráqueo mientras explica a sus superiores, muy profesional y engolado, cómo atrapará a un astuto ladrón llamado Fantasma, se esconda donde esconda. Cuando acaba su disertación, se apoya en la bola del mundo que todavía gira, y sale despedido, dándose un tortazo descacharrante.

    Lo mejor del chiste es la fingida dignidad con la que se levanta el inspector, además de la rapidez y como si no hubiera pasado nada. Como es natural, sucede en una película y nadie se lastima, aparte de que es difícil romperse algo cuando te caes desde tu propia altura, deportistas y osamentas de la tercera edad al margen. Por eso da risa, y porque el personaje, ya sea interpretado por Peter Sellers o Steve Martin, se da al disimulo, alisándose la gabardina a fin de recuperar la compostura e ignorando lo sucedido.

    Las víctimas reales de una caída leve también hacen reír. De hecho, las he disfrutado en cuerpos ajenos, conocidos y desconocidos, y sufrido en el propio. Y también, como en el cine, algunos disimulan con más o menos azoramiento o dignidad. Pero hay otras caídas, como las anímicas, que no siendo físicas, son las más dolorosas. Aquellas que, por la razón que sea, nos hieren el corazón y nos abren una grieta en el alma, colocándonos al borde del precipicio o bien en un oscuro túnel sin final.

    Si te caes y te rompes algún hueso, no tienes más que acudir al hospital y hacer acopio de paciencia y resignación. Eso lo sabemos todos, aunque nunca nos hayamos roto uno. Pero si lo que ha caído hasta quebrarse ha sido tu espíritu y con él tus emociones, por mucha ayuda y bienintencionada que sea, ahí solo estás tú y nadie más.

    He conocido a quienes, transitando por el mismo camino en las mismas circunstancias, han logrado levantarse y salir de la oscuridad, y quienes han fracasado por mucho que lo intentaron hasta dar con un final trágico. Con todo lo que sabemos sobre la mente y naturaleza humanas, creo que nunca lograremos desentrañar ese misterio. Y tampoco creo que haya que darle muchas vueltas. 

    Por obvio que suene, no hay más que aceptar que hay daños y desajustes más allá de lo físico, innatos o provocados, del todo irreparables y con los que es imposible convivir.

 

 

24/3/25

432. Aprendizajes y enseñanzas

    Ha llovido mucho desde que pisé un recinto de enseñanza. La época escolar más casposa que recuerdo fue la acaecida entre finales de los setenta y principios de los ochenta. Allí nos enseñaron cosas muy valiosas y útiles como leer, escribir, sumar, restar, dividir y multiplicar. Y aunque no fuera con nuestro futuro carácter aún por formar, también aprendimos a ser competitivos, a desear más calificación, y a señalar el fracaso de nuestro compañero de pupitre.

    No nos enseñaron, por ejemplo, otras doctrinas y posturas tales como el ateísmo y el agnosticismo. Aunque yo me interesé por ambas, tan pronto me vi obligado a atender cómo el profesor nos explicaba, con suma profusión de detalles físicos y orales, la forma correcta de santiguarse. Lo que menos importaba era en qué creíamos o si íbamos a creer en algo.

    En mi caso, aquella inutilidad duró tres o cuatro días, puesto que hubo un pacto de silencio que derivó, oficialmente, en un libro llamado Constitución española, y aquella asignatura no solo dejó de ser obligatoria, sino que tuvo que repartir su protagonismo con otra más necesaria llamada Ética. A partir de ahí también aprendimos, sin que nos lo enseñaran, lo que es el falso laicismo, y lo mucho que una palabra con tanto significado puede acabar tan vacía y denostada.

    El caso es que guardo un cálido recuerdo de algunos compañeros de aula de los que hace lustros que no sé nada. Me llegué a reír mucho con ellos, y el resto del alumnado de nosotros, en cuanto a nuestras respuestas discentes a preguntas docentes.

    Por ejemplo, a Jivia le preguntaron cómo explicaría qué es una moto, y él respondió que una moto es cuando Ángel Nieto la arranca y se pone a correr en el circuito. Y si no, cuando le mandaron a Plomo que explicara lo que es una silla. Sin vacilar, Plomo explicó con gran convencimiento que una silla es cuando estaba cansado, la cogía y se sentaba. 

    Lo del Naja fue igual de sonado, el día que en clase de Historia le preguntó el maestro qué clase de ventana es un rosetón, y el Naja contestó con suficiencia que un rosetón es una ventana en forma de rosa. Yo, al igual que mis amigos Naja, Jivia y Plomo, también me llevé una gran ovación cuando me preguntaron por las siglas U.S.A. y respondí categórico: Unión Soviética Americana.

    Las carcajadas que provocamos, de ser físicas, habrían abombado las paredes de la clase. Entretanto, los profesores se pasaban la mano por la cara, o miraban al techo con los ojos vidriosos, como suplicando ayuda a un ser superior.

    La ayuda nunca llegó, pero es que ya nadie se santiguaba.

 

 

20/3/25

431. Cuando ya no queda nada 2

    Oh, mierda, papás y mamás, permitid que sean vuestros hijos e hijas mayores de edad quienes elijan vivir o morir si lo único que les funciona es el cerebro, y por lo visto mejor que a vosotros.

    Oh, mierda, religiosos, dogmáticos y activistas provida, ¿no veis que no existe tal cosa en semejante estado? ¿No veis que no hay dios alguno que los sane y les prive del sufrimiento 

    Oh, mierda, asociaciones, fundaciones y organizaciones conservadoras de la cruz, que os perpetuáis en el tiempo y no paráis de darnos por culo al resto de infieles siglo tras siglo.

    Oh, mierda, mamás y papás, sois enemigos del sentido común, la dignidad, la medicina y la ciencia, cuando por el hecho de la concepción os creéis con derecho a decidir sobre el tormento consciente de vuestros hijos dolientes.


 

    Noelia y Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 12 de Barcelona  —  1

    Papi y Abogados Cristianos  —  0                                                        

            

17/3/25

430. Descubriendo a Farmer

    Siempre queda un escritor por descubrir y un libro que leer. Eso me pasó hace poco con un autor llamado Philip José Farmer, cuyas letras, por lo visto premiadas y con no pocos adeptos, abundan en el terror, la fantasía y la ciencia ficción. Estilos que, si bien son fáciles de diferenciar, a menudo van cogidos de la mano dependiendo de la pluma que los utilice.

    Por citar una de las referencias más obvias del género, ahí tenemos a Stephen King, junto con otros titanes igualmente palmarios, tales como Dean R. Konntz, Dan Simmons, James Herbert, Peter Straub, John Farris, etc. Y si, como se dice y se reconoce, Stephen King es el rey del terror contemporáneo, qué podemos pensar cuando el propio King asegura: «He visto el futuro del horror y se llama Clive Barker». 

    Y no es para menos, pues nadie que yo haya leído o recuerde, es tan espantosamente gráfico en sus narraciones como Barker. Además de ambiguo y mórbido, destripa la moral hasta sus últimas consecuencias, las cuales suelen ser enfermizas y nada compasivas. Leed Hellraiser, El gran espectáculo secreto, Libros sangrientos y sabréis de lo que os hablo.

   No es menos cierto que todos los escritores antes citados, no existirían como tales, de no ser porque antes hubo mentes privilegiadas, como las de M. R. James y Nathaniel Hawthorne, por ejemplo, y las archiconocidas de Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft.

    De estos dos últimos, el primero, maestro indiscutible del terror psicológico, cuyo enorme talento nos estremeció sin tener que recurrir a monstruos, fantasmas o criaturas de pesadilla. El segundo, creador de lo que se llama horror cósmico, donde el autor ofrece todo un mosaico de universos oníricos rebosantes de malevolencia, habitados por deidades monstruosas y delirantes criaturas que solo las puede inspirar el infierno. 

    Cuando uno ha leído tanto de tantos autores, aparte de acabar chiflado, puede equivocarse y llegar a creer que pocas cosas pueden llegar a sorprenderle como «aquella primera vez». Es ahí donde entra en escena Philip José Farmer y, en particular, sus libros La imagen de la bestia y ¡Cuidado con la bestia!, los cuales me descubren a un escritor que, si bien puede no ser mejor que los antedichos, nada tiene que envidiarles. 

    Porque este señor es brutal, divertido y excesivo. Un cachondo de tomo y lomo que aúna como nadie ciencia ficción, terror y fantasía con lúbricas dosis de sexo. Cuando te das cuenta, ya se ha metido en tu cerebro para desgajarlo cacho a cacho, mientras que en el proceso te causa alucinaciones y te invita a disfrutar de ellas. Luego coge tu alma, la arruga en su mano y, cuando acabas de leer y cesa la orgía o el caos onanístico en el que te ha sumergido, con una sonrisa te pide que la recompongas si tienes narices.

    Así que, si eres de los que piensan que ya nada puede sorprenderte, es que todavía no has leído a Philip José Farmer.

 



14/3/25

429. Intermedio

    Sin percance alguno, la nueva máquina llegó ayer por la tarde, con mucha lluvia y sin arcoíris. Era tal la obsolescencia de la anterior que también tuve que cambiar el monitor. Seguro que Codicius y Avaricius ríen, satisfechos y cómplices, desde lo alto del edificio. En fin, espero que la nueva adquisición esté a la altura de su antecesora. Gracias por vuestras sentidas condolencias. 

    Esta misma noche sacrifico un carnero en vuestro honor en un punto alejado de la civilización.

 


10/3/25

428. R.I.P

    Españoles, mi ordenador personal ha muerto. La máquina de excepción que asumió la inmensa responsabilidad del más exigente y sacrificado servicio a la blogosfera española, ha entregado su vida en el cumplimiento de una misión trascendental, que no era otra que esparcir el mensaje, contaminar la red y, en definitiva, añadir un poco más de mierda al ya de por sí maloliente contexto. 

    Yo sé que en estos momentos, estas sentidas palabras llegarán a vuestros hogares (muchos de ellos aún por pagar) y se unirán a vuestros murmullos y plegarias. Es natural: es el llanto de la blogosfera española, que siente la angustia infinita de un servidor que ha perdido a uno de sus seres más queridos. Es la hora del dolor y de la tristeza, y también la de aflojar la pasta para comprar otro.

    Atrás quedan, para la posteridad, catorce años de entrega incondicional, tanto diurna, vespertina como nocturna, estuviera yo ebrio, sobrio, o ninguna de las dos cosas. Fui testigo de su última jornada de trabajo ayer por la tarde, y hoy ya descansa en el Valle de las CPUs chamuscadas junto con otros hermanos caídos.

    Españoles, calculo que dentro de cuatro o cinco días podré escribir en condiciones dignas y no por el móvil, para poder continuar con mi deber patrio de arrojar pesimismo y oscuridad a través de este medio, y de paso inmiscuirme sin vergüenza alguna en vuestras vidas cibernéticas. Sin más que añadir: ¡Viva Honduras! ¡Viva el Salvador!   


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