18/7/26

568. Tribu

    La gente se pone de mal humor con los veranos espléndidos. A mí me pasa todo lo contrario: me lo paso muy bien con las olas de calor que me empujan de bar en bar a cumplir con mis rigurosas pausas de hidratación cervecera. De paso, observo y escucho a la clientela.
    No recuerdo qué estaba haciendo el día previo a la final del Mundial de Fútbol de 2010. Sí recuerdo que, como ahora, era verano y estaba de vacaciones; además, tenía un blog alojado en ya.com del que quizá hable algún día.
    Por aquel entonces llevaba unos cuatro o cinco años emancipado, ya vivía en mi nicho-vivienda actual, y me gustaban y me desagradaban las mismas cosas que ahora. Solo que antes tenía mucha más paciencia y me pesaban menos los cojones.
   Entiendo que mañana tú, seas quien seas y vivas donde vivas, te vistas con una camiseta de la selección española o argentina. Yo llevo tres días poniéndome una camiseta de Cradle of Filth. Mañana la dejaré en la cesta de la ropa sucia y me pondré una de Terrorizer o Aborted.
    En el fondo, es más o menos lo mismo: el sentido de pertenencia a una tribu, a una entidad o a un colectivo en el cual tu identidad encaja a la perfección. En mi caso, es un estilo musical del que se derivan mi forma de ver y sentir la vida.
    Desde luego, no soy mejor que tú si mañana, cuando el árbitro pite el final del partido, lloras de alegría o de desilusión mientras yo estoy en casa riéndome de ello o sumido en la más profunda indiferencia. No lo soy. Pero es que, en ese aspecto, me resulta imposible ser como tú.


15/7/26

567. Catalibán

    El catalibán dice: «Pese a mi marcado independentismo, estoy muy contento de que la selección de fútbol del país vecino, con orientación sur, haya llegado a la final del Mundial de 2026».




10/7/26

566. Viento

    Estaba yo tumbado sobre una hamaca, cobijado bajo una sombra bendita. Tan solo respiraba y reajustaba la postura cada vez que mis músculos se resentían de la inactividad. Aun así, era este un letargo placentero y sedante, que me desconectaba de todo cuanto me rodeaba. El tiempo fluía como una canción lenta al compás de mi inmovilidad, como si por una vez en la vida fuera mi aliado. 

    Estaba yo despierto con los ojos cerrados, conectado en íntima comunión con las corrientes de aire que venían a visitarme. No me hizo falta abrirlos para sentir que me tornaba liviano y el viento, viniera de donde viniera, me acunaba con delicadeza y me elevaba alto, muy alto, por encima de todas las cosas mundanas y prosaicas.




7/7/26

565. Misiones clandestinas

    Un verano cualquiera en algún punto turístico de las costas españolas.
    La familia nuclear Parahoy, tal como tenía planeado, se ha despertado a las 5:30 a. m. de un sueño tranquilo. Las alarmas de los móviles de cada uno de sus integrantes estaban sincronizadas. Tienen una misión que cumplir. Con seriedad y concentración, se aplican la pintura de camuflaje facial y se lanzan a la tarea.
    Tal como entrenaron en el césped de su casa en primavera, reptan con rapidez por la arena de la playa como un experto grupo de operaciones especiales. La noche respira tranquila, las estrellas resplandecen y las olas rompen suavemente. Tienen todo a favor. Cuando llegan a una zona privilegiada que consideran apta para los propósitos improductivos del día, la abuela alza la cabeza como una cobra y otea de izquierda a derecha como un radar. Hace un gesto con la mano que indica que no hay policía local a la vista, y el padre y la madre se incorporan y clavan una sombrilla con un gesto enérgico de victoria. El hijo y la hija, a su vez, colocan unas tumbonas y unas toallas con la rapidez de una escudería de F1 perfectamente coordinada. La abuela sigue vigilando. En la familia Parahoy todos tienen un cometido y no se tolera el fracaso.
    Todavía quedan tres horas para que amanezca. Todo está quieto. La misión ha concluido con éxito y la familia Parahoy regresa a su hotel, ubicado a pie de playa, en la misma actitud reptilesca del inicio. A mitad de trayecto, la abuela de nuevo levanta la mano. El grupo se detiene en el acto: silencioso, profesional y compacto. A unos cuantos metros, parece que otra familia también está en una misión de ocupación ilícita. Uno de sus miembros susurra: «Hijos de puta. Nos han quitado el sitio». La familia Parahoy reconoce en esa sentida maldición al abuelo de la familia Hoyestarde. «Ja, ja, ja. Que hubieran entrenado más», ríen para sí los Parahoy.

    En verano, los madrugones tácticos por conquistar una porción de tierra playera son constantes.


3/7/26

564. En el súper 2

    Detesto el desorden. Detesto que cualquier objeto inanimado que se precie esté fuera de su sitio después de su uso. Así que detesto a las personas que, por ejemplo, al finalizar la compra de productos, dejan el carro del supermercado en cualquier lugar menos donde corresponde. 

     A veces, lo abandonan a tres o cuatro metros de donde deberían dejarlo. ¡Igual creen que se les hará de noche si deciden cubrir toda esa distancia! ¿¡Tanta prisa tenéis, desidiosos hijos de puta!? 

    En mi mente, mato ahí mismo a todas esas personas. Da igual si son mujeres u hombres, chicos o chicas. Solo los niños y las niñas se salvan de mi ira. Porque si actúan así, es debido a que sus putos padres y sus putas madres no los educan. 

    De modo que me quedo agarrado a mi propio carro de la compra y empiezo a calcular. De repente lo suelto y echo mano al primer carrito extraviado que veo. Lo levanto y lo estampo una y otra vez contra la cabeza y el cuerpo de esa gentuza, como se desempolva una alfombra contra el suelo. Al cabo del rato, termino jadeando, sudado y al límite de mis fuerzas. El carro de la compra está deformado y ellos irreconocibles, como tiene que ser. 

    El silencio se ha apoderado de la escena. Las cajeras del supermercado me miran desde el otro lado del cristal. Un tanto indecisas, abandonan sus puestos de trabajo, salen del supermercado y sortean charcos de sangre y grumos de masa encefálica hasta llegar a mí. Hay unos pocos ancianos consumidores que empiezan a aplaudir. Quizá es la primera manifestación comprensible de violencia que presencian desde 1936. 

    Al principio, pienso que las cajeras van a reprenderme por haber reducido la clientela del supermercado. Pero me abrazan con lágrimas de dicha y me dan las gracias. Están hartas de tener que recolocar día tras día, antes de irse a casa, el centenar de carritos que esos hijos de puta dejaban en cualquier zona del parking del supermercado como si fueran material desechable.

    Por fin sienten que alguien respeta su trabajo. 

    En mi mente, claro.




30/6/26

563. Por las bitácoras muertas 2

    Ascienden las temperaturas y desciende la actividad en los blogs. Es casi una ley natural. Le dais la espalda al teclado y el espacio en blanco deja de importar. Para muchos de vosotros supone tal liberación que ya nunca regresáis. El verano llega y se va con vuestra constancia y creatividad —si es que alguna vez la tuvisteis—, y os quita un peso de encima.

    Eso está bien. No tenéis por qué ser constantes. No hay nada que demostrar. Un día sentís que lo habéis dicho todo y que nadie os ha escuchado. Poco o nada queda de las expectativas del principio. La realidad las desinfló hasta la desaparición y ya no os compensa el gasto de tiempo y esfuerzo. 

    Lo mejor es que, cuando esas sensaciones llegan, aceptáis tanto como entendéis que escribir por amor al arte nunca fue para vosotros. Que hay toda una vida ahí fuera donde conectar con los demás es mucho más sencillo que hacerlo escribiendo.

    Idealizasteis demasiado un acto solitario del que nunca se ha de esperar nada.



26/6/26

562. Magia y fuego 3

    Se dice que la Noche de San Juan es un escenario propicio para cerrar ciclos, desprenderse de las energías negativas y afrontar nuevos comienzos. Sin embargo, el loco no es santo ni se llama Juan. Incluso sus amigos más cercanos desconocen su nombre; solo saben que es un pecador, un alma libre cuya conciencia no vive entre rejas. No siente la necesidad de finalizar ni de comenzar nada, y está muy cómodo con sus vibraciones espirituales. Así que se cuelga a la espalda su aparatoso dragón artificial, sale a la calurosa noche del veintitrés de junio e ilumina con lengüetazos de fuego las verbenas que encuentra a su paso. 
    En un momento especialmente gracioso, el loco deja atrás a una numerosa agrupación de figuras llameantes de diversas edades que corren desordenadas hasta caer consumidas. Aún siente la hipnótica fascinación que producen al contemplarlas cuando la voz cascada de una anciana, que proviene de una ventana cercana, lo saca de su hipnosis: «¡Eh, tú! ¿Qué tal si fríes a esos hijos de puta de allí? ¡Aquí no hay quien duerma, maldita sea!». De otra ventana del mismo edificio asoma un niño pecoso de unos diez años. Tiene en su regazo una temblorosa y gimoteante bola de pelo, y con su vocecita al borde del llanto, el infante implora: «Señor, haga algo. Mi perrito no para de vomitar».
    En efecto, una calle más abajo, hay un escandaloso grupo de jóvenes y adultos participando en una orgía pirotécnica de considerables proporciones. El loco piensa que hay que aprovechar las oportunidades que se presentan para hacer el bien. Así que actúa como la madre naturaleza: decisivo y contundente, sin hacer distinciones. Su dragón de hierro ruge de cuatro a cinco veces, se hace el silencio y una treintena de ciudadanos incandescentes corren en todas direcciones como brasas azuzadas por el viento.
    El loco oye unas sirenas a lo lejos, lo que significa que algún ciudadano ejemplar ha llamado a los perros amaestrados del amo. Aunque también podrían ser los paramédicos. Si ve aparecer a los mismos que cargan por la espalda contra profesoras jubiladas cuando estas se manifiestan para reclamar mejoras educacionales, el loco les presentará el infierno. A veces tiene ciertos estados de lucidez y elige bien.
    La fiesta del fuego seguía su curso en varios puntos de la ciudad, y la gente se congregaba alrededor de las piras como si fueran deidades. De vez en cuando, algunos lanzaban ofrendas a las llamas. La gente quemaba cosas y el loco quemaba personas. En su mente, todo era lógico y fluido.


 

23/6/26

561. Magia y fuego 2

    El loco está eufórico. Ha estado moviéndose por el mercado negro y las zonas prohibidas de la ciudad, y por fin ha conseguido un Flammenwerfer 41 en perfecto estado de presencia y funcionamiento. 

    Él, cumpliendo con lo acordado, ha pagado con un riñón de niño, una médula ósea de niña, un pulmón de adolescente y un cuero cabelludo de virgen. 

    Esta noche tiene pensado personarse en varias de las verbenas que se van a celebrar en las zonas adineradas de la ciudad. Se mezclará entre las familias y los grupos de amigos, y explotará todas las capacidades de su reciente adquisición. 

    Será una noche de veras mágica. 




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