24/2/26

528. 6G

    ¿Era el viento las orejas de 6G en movimiento? En efecto, 6G era un orejón como nunca nadie ha conocido. Pero ya nunca tendremos la respuesta. La última vez que lo vimos con vida, 6G tenía quince años de edad, y se agarraba de cara al marco de la ventana de un octavo piso con los brazos estirados y los pies apoyados en el alféizar, asomando el culo al vacío.

    Los que lo conocíamos, aunque alarmados, sabíamos que no era un intento de suicidio. A 6G le gustaba el riesgo y atraer miradas. Y también era bastante subnormal. Tardó un parpadeo en estrellarse contra el suelo. Con todo, nos dio tiempo de pensar que quizá movería sus orejas como Dumbo y ascendería en el aire para posarse, cual superhéroe marveliano, en alguna cornisa.

    Por lo demás, no es que fuera un chaval ejemplar. Sin que fuera un elefante, tenía mucha trompa para su edad. O más cara que el monte Rushmore, según se prefiera. También tenía inclinaciones sádicas. Le gustaba el maltrato animal, ya fuera como espectador o realizador. Probablemente, si 6G hubiera vivido más tiempo, habría acabado siendo uno de esos cazadores que ahorcan a sus galgos de un árbol cuando ya no les sirven, o un despreciable taurófilo.

    Creedme que, salvo señal, no se perdió mucho.



21/2/26

527. Míster Mierdas

    De vez en cuando, Mierdecillas deja caquita maloliente en mi correo con una risible retórica de reverso de bolsa de pipas. Lo que lleva a preguntarme por qué una persona es de una manera y no de otra. Puede que Mierdecillas, en una época delicada de su infancia, sus progenitores le obligaran a fumar en papel de plata por la mañana, cuando en edad de crecimiento lo que se debe almorzar son vasitos de leche con Cola Cao. 

    O quizás, ya adolescente, Mierdecillas tenía la cara sembrada de un horrible acné purulento, y su sola presencia aterrorizaba a las chicas del instituto e inspiraba entre los chicos las burlas más hirientes, hasta el punto de que hacía novillos en soledad para hundir el hocico en pañuelos empapados en gasolina y aturdirse.

    El caso es que en sus pataletas de bufón rural vía email, Mierdecillas parece... no sé cómo decirlo: ofendido, provocado, malhumorado... Aquellos que lo conocen afirman que, detrás de toda esa pose de King Kong de cartón piedra, Mierdecillas es un animalito afable y comprensivo. Por lo tanto, como está equivocado y sin ánimo de que se sienta especial, entenderá que deba yo ofrecer al mundo bloguero esta entrada. 

    Porque verás, Mierdecillas, yo nunca he comentado nada en tu blog, pese a que sí es verdad que hay alguien, incluso más oligofrénico que tú, que de vez en cuando se dedica a comentar con mi apodo. Lo ha hecho en los blogs de tus amiguitos y con toda seguridad también en el tuyo. Que tú hayas sido el único que ha caído de cuatro patas en las provocaciones del mencionado suplantador hijoputa, dice mucho. Eso me lleva a pensar que serías un concursante ideal para Gran Hermano si no fuera porque te pasas de tonto. 

    Obviamente, que te lo creas o no, para mí es tan importante como el número de veces que entras al lavabo al cabo del año para sentarte en la taza y hacer honor a tu apodo. Creo que tienes que cambiar de camello o esnifarla de más calidad; y ni se te ocurra dejar de escribir. Si algo me gusta de la blogosfera es que haya diversidad, y eso implica que tenga que haber de todo. Incluso divertidos personajillos escatológicos como tú, que van de duritos con una prosa ramplona y volátil y que, de vez en cuando, hacen reír a tipos risueños como yo. 

    En realidad, Mierdecillas, creo que eres un buen chavalín, por lo que a buen seguro tú también sabrás perdonarme.

    Como te prometí, he aquí tu momento de gloria. 

    Mierda, cagao, culo. 




18/2/26

526. Hacker

    La entrada que programé para que se publicara ayer no ha aparecido. Y es algo normal porque no la encuentro por ningún sitio. Quiero pensar que se debe a la obsolescencia de esta plataforma olvidada, y no a los ajustes pertinentes que hice un poco pasado de octanaje etílico. 

    Sin embargo, también me ha pasado una cosa igualmente inesperada, pero buena. Se trata de una cuenta de Twitter que abrí hace unos tres años para promocionar el blog. Nunca he interactuado en ella, e incluso la tenía configurada para que no me llegaran mensajes y avisos. Lo cual hace que me pregunte para qué la abrí en realidad. En fin, ayer iba a darle matarile y resulta que la tengo hackeada.

    Así que, seas quien seas, gracias.

    Con la de Gmail no vas a poder.

   


 

13/2/26

525. En la consulta

    Estimado lector y querida lectora, esto que a continuación relato ocurrió tal cual. 

    Antonio, alias Carabú dado su rostro difícil, al final accede a someterse a una sesión de hipnosis para curar su migraña. No por desesperación, ni tampoco porque la ciencia, por el momento, sea incapaz de ofrecer una cura definitiva. Sino porque fue tal el empeño de su mujer, que llegó a ser peor que la propia dolencia. Es decir: Carabú no tuvo más remedio, ni para lo uno, ni para lo otro.

    Así pues, llega el día concertado y Carabú, en compañía de su mujer, entra en la lujosa consulta del hipnotista. Hacen las presentaciones de rigor y hablan de sus episodios de migraña, que suelen ser recurrentes e intensos. De seguido, por petición expresa del hipnotista, Carabú se tumba en un diván y cierra los ojos. Su mujer está sentada en un sillón, a cierta distancia, para no perturbar la conexión preternatural entre sanador y paciente.

    El hipnotista, desde la penumbra y con voz entrenada, insta a Carabú a que se relaje y visualice un entorno paradisíaco bañado de un sol que no quema. Al cabo de un minuto eterno de reloj, el hipnotista le pregunta a Carabú si ya está inmerso en su visualización. «Sí, estoy», contesta Carabú sin convencimiento alguno. Su mujer se intranquiliza, pues conoce a su marido y sabe que no visualiza un carajo. «¿Ves el sol, Antonio?», continúa el hipnotista. «¿Ves tu sol en todo su esplendor?», «eh... sí, lo veo», responde Carabú en pleno trance con un carraspeo. Su mujer no cree una palabra. Va a pasar algo de un momento a otro, está segura. «Bien, Antonio, pues si lo ves, viaja hasta él y traspásalo».

    En ese momento, Carabú se levanta del diván con agilidad inusitada y un reniego, coge a su mujer de la mano, y le contesta al hipnotista que lo único que va a traspasar es el umbral de la consulta para salir y no regresar jamás.



10/2/26

524. Todo queda en familia

    Hoy, después de muchos años de amistad, Demenciano me ha hablado de algunos miembros de su familia. 

    Así he sabido que Egilona, su madre, nunca se gastó un céntimo en desodorante axilar, ya que exprimía la fruta con el sobaco, fuera el izquierdo o el derecho. Los zumos, según Demenciano, salían riquísimos, por lo que aún sigue sin entender por qué a edad temprana su madre murió de cáncer de alerón y él sigue vivo.

    Su padre, Amalarico, también tenía singularidades. Siempre decía que una de las zonas del cuerpo que más había que cuidar era la boca, y como era alérgico al flúor, a diario se rociaba la dentadura con spray de éter después de cada comida. Asevera Demenciano que su padre nunca tuvo caries, pero siempre que sonreía aterrorizaba a toda la familia.

    El abuelo Gundemaro era igualmente peculiar. Como el venerable anciano padecía insomnio, cada noche se fumaba a la intemperie cigarrillos de hojas secas de geranio envueltas en papel de periódico. Hasta que una madrugada veraniega, Demenciano lo encontró recostado en un olivo y calcinado de pies a cabeza. ¡Pero si el abuelo Gundemaro apagaba las colillas a martillazos! Al menos, Demenciano se consuela con el recuerdo de que la calavera carbonizada de su abuelo exhibía, aunque postiza, una sonrisa exultante.

    Por último, me habló de su abuela Teodosia, la cual obtuvo fama de mujer hercúlea que no le temía a nada cuando, con sus manos arrugadas y callosas, partió el cuello del imponente jabalí que destrozaba sus cultivos. Tanto se lo creyó, que una tarde, ya muy avanzada de edad, le dio por bailar en la fiesta de la cosecha sobre las vías del ferrocarril recién inauguradas, mientras que el tren destinado a estrenarlas se acercaba a toda velocidad pitando con insistencia. «¡Que se aparte él!», exclamó la abuela Teodosia segundos antes de desaparecer en un estallido. 

    En fin, las familias no se eligen, y Demenciano se crió en una complicada.



6/2/26

523. Felicidad y soma

    Sandalio se acercó hasta mí y me preguntó para qué querría yo ser libre si ya soy feliz. Y con intención puramente socrática, le pregunté que si él era feliz y tenía todas sus necesidades cubiertas, por qué siempre se enfadaba tanto con Pedro Sánchez. 

    Que si Pedro con la investidura; que si Pedro con la amnistía; que si Pedro con el nuevo modelo de financiación para Cataluña. Y cuando no era con Sánchez, era con Pelomocho y su loca cruzada independentista en particular, o con los delirantes nacionalistas catalanes en general. 

    Joder, una persona feliz y con sus necesidades cubiertas no se enfada por estas cosas. Al menos, hasta donde yo he visto, la persona feliz de verdad lo es porque desconoce el mundo en el que vive, o porque al conocerlo se abstrae de él. Y Sandalio —que nos conocemos bien— ni ignora ni se abstrae. Es más: como tiene una ideología política e identitaria, no ha encontrado el soma que le dé la felicidad. O que evite su enfado y decepción, si queréis.

    En cuanto a la libertad, supongo que la suya empieza donde acaba la mía, la tuya y la de los demás (era así, ¿verdad?). Al fin y al cabo, somos muchos los que vivimos en una espaciosa prisión con barrotes de oro.



3/2/26

522. Macaria

    Macaria no es que idealizara la monogamia, pero hubo un tiempo en que estaba dispuesta a envejecer junto a Demetario, de no ser porque este, en los últimos tiempos, se había convertido en un pedorro incontinente. Un día inesperado y lluvioso, la consistencia mefítica de uno de los cuescos fue tan inhumana que Macaria rompió la relación tras una explosiva reacción.

    A falta de un piso de alquiler asequible, y por ende inexistente, Macaria se alojó en el de su amiga Petronila, que la acogió con los brazos abiertos. Petronila nunca le contó a Macaria que Demetario le cayó mal desde el día que lo conoció, así que en su fuero interno se alegró de la ruptura de la relación. Demetario tenía algo que la disgustaba y que no lograba identificar, y cuando Macaria le explicó el porqué de su situación, no pudo contenerse en exclamar: «¡Así que era eso!», «¡puto mamonazo!», «¡no se los pegará estando yo!».  

    Pese a todo, Macaria echaba de menos a Demetario más de lo que se atrevía a admitir. Como tampoco estaba para aguantar sermones, se abstuvo de contárselo a Petronila. Quizá incluso le diera otra oportunidad. A la postre, nadie es perfecto y Demetario poseía más virtudes que vilezas. Pero de momento no le cogería las llamadas del móvil. Ahora le tocaba sufrir a él.

    Naturalmente, Macaria también era presa de intensas apetencias carnales, y aunque ya sabía la respuesta, se preguntó cómo lo estaría llevando Demetario. Ella tampoco recurriría al turbio mundo puteril. No por principios, sino porque no lo necesitaba. Sus armas de mujer, además de las innatas, seguían en perfecto estado de operatividad, con lo cual aún podía aspirar a acostarse con cualquier hombre que se le antojara. 

    Por el momento, tenía que ordenar sus pensamientos y ver cómo se resolvía todo. Como todavía albergaba sentimientos por Demetario, para su desfogue carnal solo utilizaría el arsenal onanístico de Petronila, que era numeroso y variado. Siempre estaría a tiempo de hacerse sodomizar por el simpático y musculado senegalés del tercero B.



30/1/26

521. Demetario

    Demetario está jodido. Ya ha pasado un mes desde que Macaria saliera de su vida debido a una flatulencia. Apestosa, sí. Puede que la más apestosa de cuantas ha traído al mundo, tanto en compañía como en soledad. ¡Pero una mera y mundana flatulencia, por Dios! Qué culpa tiene él de padecer digestiones pesadas. Encima, la muy insensible no se digna ni a devolverle las llamadas.

    Demetario nunca antes había experimentado semejante añoranza. Esta es más intensa que el dolor provocado por las enérgicas coceadas de Macaria a las tres de la mañana cuando él la desquiciaba con sus ronquidos. Ahora, la cama de matrimonio se ha quedado demasiado espaciosa y fría. Y los vecinos maldicen y temen la hora de irse a dormir.

    Como es lógico, Demetario se siente solo y no tiene con quién cubrir cierta necesidad vital. Eso significa que corre el riesgo de acabar bebiendo más que Bukowski, o de convertirse en un putero más compulsivo que Demenciano. O las dos cosas. Pero no lo permitirá. Sabe que la carne puede ser débil o más poderosa que el acero, como demostró el poderoso hechicero Thulsa Doom a Conan el bárbaro en 1982. La fe en sí mismo será su arma.

    Tanto es así que ha reconectado con su yo pubescente y se masturba de siete a ocho veces diarias. Lo normal para una persona con la libido sana. Para enriquecer sus sesiones de alivio solitario, acude al sex shop de la esquina al que nunca antes había entrado, con la intención de comprar alguno de los variados artilugios que oferta para los de su sexo. Pero siempre sale con las manos vacías. Esas vaginas de plástico poseen una textura adictiva y parecen susurrar su nombre, pero no son el coño de Macaria, capaz de curar la impotencia masculina más severa y derrocar el más poderoso imperio. Lo mismo que las muñecas artificiales, cuyos cuerpos desprenden un realismo sobrecogedor en forma y fondo, pero no son el de Macaria, templo de llamas incombustibles en las que consumirse y renacer de deseo una y otra vez.

    Así de mal está Demetario. Y de ninguna manera contempla la posibilidad de pasar página y conocer a otra mujer que borre el recuerdo de Macaria. Quizá su salvación radica en un intento por recuperarla.

    Iba siendo hora de reaccionar en serio.

 


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