Kariem es un jovencito de doce años recién cumplidos que vive en Sudán. Hoy, día 6 de enero del 2026, ha ejecutado a tres corresponsales de guerra con un AK-47. Un arma que, colgada de su cuello con el portafusil ajustado a su mínima longitud, le llega casi hasta las rodillas.
Por lo visto, esos periodistas eran muy entrometidos. El hombre de la cámara no dejaba de grabar y la otra mujer no paraba de fotografiarlo todo. El tercero... Bueno, el tercero no grababa ni fotografiaba, pero iba con ellos y había visto demasiado.
Como premio por el trabajo bien hecho, supone Kariem que sus superiores le dejarán ver la tele. Espera estar de suerte y que no se interrumpa el suministro eléctrico ni se pierda la señal de antena, que suele ser lo habitual.
Los primeros días de adiestramiento fueron duros, pero se hicieron bastante llevaderos en cuanto se hizo adicto a los cigarrillos, al alcohol y a las anfetaminas que los instructores le ofrecían. Después de todo, no eran tan malos como creía.
Ahora ya no sabe pensar y apenas recuerda quién era antes de su reclutamiento. Pero lo que nunca olvidará es que es mejor morir en combate que de hambre. Las balas te matan rápido y la hambruna no.
Hoy, día de magia en occidente, dos revoltosos niños de la edad de Kariem juegan y saltan alrededor de sus padres mientras pasean. Y cuando me cruzo con ellos en la acera, los niños ríen y me encañonan con sus pistolas de juguete.