Un diminuto diablo me acompaña siempre allí donde voy. Va sentado en mi hombro izquierdo y con su mano derecha se agarra al lóbulo de mi oreja para no caerse. A veces acerca su boca sibilina a mi oído y me susurra que haga cosas que no se deben hacer. Yo me resisto a ello, pero él no desiste. Cuando observa que está fracasando, enrojece hasta la incandescencia y agarra con ferocidad su diminuto tridente. Entonces, con su cola me hace cosquillas en la nuca e intenta engatusarme con las voces de las mujeres que amé y que ahora, hace tiempo, están fuera de mi vida.
No penséis que me incita a cometer actos sangrientos y horribles, sino mundanos y accidentados. Tales como atropellar con el coche a algún ciudadano que se desplaza en silla de ruedas; arrollar a un pelotón de ciclistas; hacer la zancadilla a una persona anciana... Nada del otro mundo, aunque la intencionalidad provenga de un diablillo cabrón.
Pero, como seguro estáis imaginando, en mi hombro derecho tengo a un bello ángel de luz pura e inmaculada que... Ah, no, que no está. Olvidaba que para Semana Santa siempre se ausenta de mi conciencia. Supongo que tiene cosas más importantes que hacer, o celebrar, que disuadirme de pecar y sembrar el mal. Y eso sí que no está bien.
Lo siento mucho, pero creo que durante esta semana se van a multiplicar los accidentes en la ciudad.