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9/9/21

64. Millonarios e imbéciles

    Por uno de esos azares que escapan al entendimiento, yo conocí a un millonario. Entre los millonarios o ricos, como entre los pobres y los no adinerados, hay mucha imbecilidad y tal cualidad por desgracia extensa, no hace diferencias entre los que no tienen nada, o los que se gastan una suma desorbitada en alguna acuarela de mierda de algún gilipollas muerto hace cientos de años.

    Como ya se sabe, los hay ricos por estafa inmobiliaria, por apuestas del Estado, desfalco, narcotráfico, por pollazo, por haber nacido con una flor en el culo y otros. En resumidas cuentas, yo distingo entre tres grupos de millonarios: los que ya lo eran desde que nacieron, los que roban a gran escala, y los que nacieron no siéndolo y un giro del destino los introdujo en el gremio.

    Uno de los del tercer grupo se cruzó en mi vida cuando era de mi misma jerarquía social. Un millonario que antes ha sido pobre o ha pertenecido a la esclavitud moderna, reniega de su pasado y odia cualquier cosa que le recuerde su vida anterior. No obstante, y sea dónde sea, se acercará al grupo con el que estés reunido, sin ser invitado posará una sudorosa mano sobre tu hombro, y dirá con una amplia sonrisa y fingida condescendencia: «Nada ha cambiado, eh, chicos. Sigo siendo de los vuestros». Lo cual quiere decir que ya no recuerda sus orígenes, como que en el pasado regentaba un bar tumefacto en el que si dejabas caer el puño en la barra, salían mil cucarachas proyectadas en todas direcciones.

    Con el discurrir del tiempo, el millonario antes pobre, si ya no lo hizo antes, empieza a incubar una variante estrambótica de imbecilidad, así como el desarrollo de fobias, manías extrañas y curiosas aficiones, con lo cual se hace patente eso de que el dinero en exceso potencia lo malo o lo bueno que hay en cada uno de nosotros. Hasta donde yo he visto, algunos habilitan cien metros  cuadrados —como poco— de quinientos, para dar rienda suelta a sus excentricidades, tales como enormes maquetas de scalextric, o representaciones en miniatura de cualquiera de las múltiples batallas que han ido forjando la Historia, de una precisión clínica capaz de teletransportarte al pasado en medio de la contienda. 

    Ni qué decir de los cientos de muñecos de cualquier personaje —ficticio o real— que te puedas imaginar: Drácula, Frankenstein, G.I. Joe, la pantera rosa, Oprah Winfrey, héroes de la Marvel, Fred Astaire… Todos colocados en perfecta formación, impolutos tras la transparencia de sus cajas sin desembalar.

    Turba observar el brillo de sus ojos cuando te muestran semejante derroche de pasta, y conmueve con enormidad contemplar sus sonrisas aleladas, profesando más amor a tales fruslerías que a las personas que les dieron la vida. De hecho, muchos no son malas personas y bien pensado, cuando se es millonario, ser imbécil no es tan malo. Así que supongo que acabaremos comprando algún que otro décimo para el consabido gran montaje consumista que se avecina. A lo mejor hasta toca.

    Total, imbéciles ya lo somos.


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