El cincuentón Rudesindo lleva meses con todo el tiempo del mundo a su disposición. Ya no tiene que trabajar y, encima, tiene todas sus necesidades cubiertas. La mañana la dedica a hacer la compra y a las tareas de limpieza. Si no toca ninguna de esas dos obligaciones mundanas, lee hasta la hora de preparar la comida. Después de comer y recoger la cocina, invierte el resto de la tarde en ver una película, dar un largo paseo y socializar en acogedoras cafeterías que sus sobrinos pubescentes llaman «bares de viejos».
Después de esa rutina inalterable, llega a su nicho-vivienda sobre las siete y media o las ocho de la tarde. Nadie le espera al otro lado de la puerta, pero es una soledad elegida de la que nunca se arrepiente. Entra en su habitación y se cambia la ropa de calle por otra más cómoda. En ese momento siempre recuerda que tiene uno o dos pijamas por estrenar. Pero él prefiere su raída sudadera de Gorguts y su gastado pantalón de chándal, que conjunta con sus pantuflas de animales (cabra) de andar por casa.
De ser verano, practicaría el nudismo doméstico, como es habitual en él. Pero noviembre no invita a ello.
Una vez preparado para otra noche en soledad, enciende la lámpara del comedor, el televisor y pone el canal de noticias. Hay noches en las que confía escuchar alguna buena. Pero hace años que eso no sucede. Y el resto de la parrilla televisiva, con sus concursos amañados, sus programas amarillistas y sus acalorados debates, donde los perros del amo se enzarzan en posesión de la verdad, resulta igual de entristecedor. A mitad de la cena, siempre acaba viendo un documental sobre las estrellas o la vida animal. O sobre cualquier cosa que no le recuerde la sociedad de los hombres.
Pero hoy es diferente. Antes de entrar en la cocina, se detiene en seco y fija la mirada en el montón de cartas que dejó la noche anterior sobre la mesa del comedor. No puede creerlo, pero una de ellas se infla y se desinfla como si estuviera viva. O como si algo con vida, pequeño y extraño, anidara en su interior. Ayer, cuando las sacó del buzón, no manifestaban fenómeno alguno. Pero, joder, ahora una de aquellas cartas respiraba. Respiraba como él, aunque con menos celeridad.
Rudesindo se acerca a la mesa como un herpetólogo a una serpiente especialmente venenosa. Extiende una de sus temblorosas manos hacia la carta. Tiene intención de pinzarla con dos dedos y, justo cuando lo hace, los afloja y retira la mano con un escueto grito de sorpresa: está tan helada que quema.
—¡Pero qué coño!
Regresa a su habitación y busca unas manoplas de cuando era niño. Las encuentra, se las pone y se sorprende de que le vayan bien.
—Debe de ser verdad que, a partir de los cincuenta años, empezamos a encogernos. Bueno, ¡vamos a ver...!
Vuelve a la mesa del comedor, aparta el resto de cartas inertes y aproxima lentamente la manopla derecha hasta posarla por completo sobre la carta que respira. Nota un poco de frío, pero es soportable. Más anormal aún es el hecho de que, tan pronto la toca, deja de respirar y, cuando rompe el contacto, reanuda la respiración. Con una manopla desplaza la carta hasta asomar una de sus cuatro esquinas por el borde de la mesa y, con la otra, le da la vuelta.
—Joder, no tiene remitente. Qué cosa más rara.
Rudesindo sabe que, si quiere averiguar de qué se trata, no tiene más opción que abrirla. Así que va a la cocina y coge un cuchillo con un estilo muy distante al de Michael Myers. Regresa a la mesa del comedor, toma la misiva como si fuera una carta bomba y la sostiene al trasluz. En efecto, parece que contiene un papel. Después la deposita en el centro de la mesa, justo debajo de la lámpara de techo.
La carta respira.
Rudesindo la mira.
La carta respira.
Rudesindo la mira.
La carta...
Entonces, rápido y decidido, la inmoviliza con una manopla y, con el cuchillo en la otra mano, le practica una certera incisión.
Es tal la pestilencia que se libera que, pese al frío de la calle, no duda en abrir las ventanas. Cuando era pequeño estrelló una bomba fétida contra el suelo de la sala de profesores. Estos se horrorizaron, pero no lloraron. En cambio, a él le escuecen los ojos y le lloran como nunca antes. Avanza hasta el lavabo como un invidente. Cuando llega y enciende la luz, se quita las manoplas y se lava la cara repetidas veces. Cuando acaba de secársela, abre los ojos y se mira en el espejo.
—¿Pero qué mierda está pasando?
De nuevo se pone las manoplas y regresa al comedor. El hedor ultraterrenal no ha desaparecido del todo, pero sí lo suficiente como para cerrar las ventanas. Eso hace y vuelve a la carta.
—Muy bien, puta. A ver qué tienes que decirme.
Coge el sobre y, con la manopla libre, consigue sacar su contenido. Es un papel manuscrito, amarillento y viejo. Lo despliega, lo coloca sobre la mesa del comedor y lo alisa con el antebrazo. En una caligrafía gótica y exquisita, dice:
Señor Rudesindo:
Me consta que, hace cinco meses, en la planta de oncología del hospital, le diagnosticaron un cáncer incurable que, según el grupo médico que lo trata, acabará con usted a finales de diciembre de este año.
Pero no es cierto.
Usted morirá a causa del impacto de un macetero que caerá sobre su cabeza desde el balcón de un sexto piso el día 21 de octubre de 2028, a las 19:37 horas.
Hasta entonces, pese al cáncer, tendrá usted una vida placentera.
Atentamente,
La Muerte
Acto seguido, el manuscrito empieza a humear hasta convertirse en un montón de cenizas. Y Rudesindo estalla en carcajadas. Por primera vez en muchos años, cree que aún quedan buenas noticias.

