Sandalio se acercó a mí y me preguntó para qué querría yo ser libre si ya soy feliz. Y, con intención puramente socrática, le pregunté si él era feliz y tenía todas sus necesidades cubiertas, por qué se enfadaba siempre tanto con Pedro Sánchez.
Que si Pedro con la investidura; que si Pedro con la amnistía; que si Pedro con el nuevo modelo de financiación para Cataluña. Y, cuando no era con Sánchez, era con Pelomocho y su loca cruzada independentista en particular, o con los delirantes nacionalistas catalanes en general.
Joder, una persona feliz y con sus necesidades cubiertas no se enfada por estas cosas. Al menos, hasta donde yo he visto, una persona verdaderamente feliz lo es porque desconoce el mundo en el que vive o porque, aun conociéndolo, se abstrae de él. Y Sandalio —que nos conocemos bien— ni lo ignora ni se abstrae. Es más: como tiene una ideología política e identitaria, no ha encontrado el soma que le dé la felicidad. O que evite su enfado y decepción, si queréis.
En cuanto a la libertad, supongo que la suya empieza donde acaba la mía, la tuya y la de los demás (era así, ¿verdad?). Al fin y al cabo, somos muchos los que vivimos en una espaciosa prisión con barrotes de oro.