Muchas de las personas que tienen un blog enumeran en él el número de países que han visitado, los libros que han leído, las películas que han visto y los trabajos musicales —y pódcast— que han escuchado de un año para otro. Por poco que me interesen esa clase de escritos, vaya por delante que me parece bien.
Tan bien que yo iba a hacer lo mismo, pero con una variante. Es decir, os iba a enumerar las veces que, desde mi nacimiento, he soltado lastre sobre los dioses a los que rezáis, las vírgenes con las que os deshacéis en las procesiones, las iglesias a las que acudís y las religiones en las que creéis. También sobre las monarquías, el dinero, los ideales, las banderas, los ejércitos, el patriotismo, los pro-vida, las tradiciones, la política, los nacionalismos y los padres y madres de algunas personas.
Pero enseguida he pensado que, además de quedar retratado y propiciar que descienda el número de lectores y lectoras de esta bitácora pecaminosa, esta entrada no tiene por qué convertirse en un despreciable desecho de mal gusto, pésima educación, irreverencia e irrespeto. Además, ¿a quién le importa que, de momento, yo nunca haya tenido problemas de estreñimiento? ¿Es que no había otra forma de decirlo? ¿O de decirlo sin más?
Creo que estoy algo sensible debido al reciente acontecimiento geopolítico llevado a cabo, a principios de año, por el imperialismo estadounidense. En el fondo, en este mundo de intereses creados siempre ha imperado la ley del más poderoso, o del que así se lo cree. Pero que ahora, además, lo haga sin disimular... ¡No me digáis que no es para cagarse!