No hay moscas revoloteando frente al cristal de mi ventana: han desaparecido en favor de las hojas caídas que alborota el viento. Un viento fresco que evitará que los veintidós millonarios que se disputan la posesión de un balón mientras escribo esto desfallezcan sobre el césped al sol del estadio.
La vida se ha tranquilizado y los días discurren al ritmo de las nubes. Ya no caminamos tan aprisa e incluso nos concedemos miradas fugaces, pese a la ligera ventisca que choca de frente sin disculparse y discurre a su antojo por las terrazas algo despobladas, en estos breves atardeceres que ahora son como un arrullo somnoliento.
Ciertas huidas hacia adelante concluirán en desgracia. Sin embargo, también habrá suicidas al volante que pospondrán el momento de estrellarse contra el camión de mercancías porque habrán vislumbrado una posibilidad de retorno en el horizonte de sus expectativas, redescubriendo que sus emisiones orgásmicas siguen siendo cuantiosas y burbujeantes.
Nunca es tarde para apreciar, sin hacer distinciones de edad, que tras la escasez de la ropa en verano los culos de las féminas que transitan por la calle —incluso las anatomías de cementerio esclavas de la moda— ya han adquirido esa calidad otoñal tan agradable que confieren los vaqueros ajustados.
Así pues, el otoño se ha instalado en la ciudad en toda su plenitud, claro que sí. Y no por eso yo iba a dejar de ser un libertino al viejo estilo, claro que no.