8/9/25

479. Eclipse 2

    Septiembre ya se había instalado en nuestras vidas, lo que significaba que el verano —querido verano— pronto nos daría la espalda. Ahora las noches eran frescas y estimulantes, idóneas para una incursión a la zona más alta de la ciudad, desde la cual contemplar, con ciertas garantías, el fenómeno astronómico que estaba a punto de manifestarse.

    No éramos un grupo de cinco ni de siete, sino de seis integrantes. Así que bien pudiera ser que no despertáramos las simpatías del espíritu de la siempre recordada Enid Blyton. Pero ese era el número, lector asiduo: el de la armonía, el equilibrio y la belleza según la numerología, aunque, al lado del sesenta y seis, formara una cifra apocalíptica, preñada de nefastos augurios.

    La zona más alta del este de la ciudad era el cementerio. Ya sabes: ese destino final e ineludible de eterno descanso donde, a veces, ocurren cosas extrañas e inexplicables. No así la Luna de Sangre, que, si bien tiene una explicación y nada de extraño, a pesar de la nubosidad me pareció, de veras, un acontecimiento mágico. También debo añadir que, pese al plenilunio, no hubo licántropos acechando.

    Y eso que estuve atento.




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