Hace años, una joven de hipnóticos ojos rasgados me dijo con una sonrisa igualmente hipnótica que veía en la MTV un programa titulado Ahora o nunca. En este programa, un grupo de jóvenes escribía una lista con situaciones que querían experimentar antes de morir.
Uno apuntó que deseaba lanzarse a la piscina desde los trampolines olímpicos de Montjuïc. Otro apostó por meterle un gol a Casillas desde el punto de penalti. Un tercero sugirió correr desnudo por una barriada pija.
Seamos francos: no fueron muy ingeniosos, aunque ese no era el objetivo. De hecho, yo he perdido la cuenta de las veces que he corrido con las vergüenzas al aire como un polichinela histriónico por barrios caros y de la medianía. Incluso una vez hice un calvo en los Campos Elíseos y bailé pogo dentro de la fuente que hay en el Patio de los Leones de la Alhambra.
Creo que los chavales del programa pensaban solo en gilipolleces. Aunque, como habéis leído, en lugar de pensarlas, yo las hacía, puesto que es un acto contra natura reprimir los dones innatos. Y es que, hasta para ejercer una buena gilipollez creativa, no basta con el entrenamiento y el conocimiento adquirido.