Supongo que cualquiera de los que vivimos en un bloque de pisos tiene vivencias, risibles o no, de lo que acontece en las reuniones de la comunidad de propietarios.
A mí me hace reír una vecina —soltera o viuda, no lo sé— que, cada vez que le toca por rotación ser presidenta de la comunidad o ejercer alguna otra función de responsabilidad vecinal, arguye que no puede desempeñarla porque —según sus propias palabras— ya es mayor para esas cosas. Aunque la realidad demuestre día tras día que está en óptimas condiciones mentales y físicas.
La muy picaruela, a la que le gusta vivir despreocupada mientras todo se haga como es debido, lleva unos doce años esgrimiendo ese escueto argumentario y, dada nuestra permisividad, le ha funcionado. Ahora mismo, el inevitable paso del tiempo no solo le garantiza la continuidad de su éxito, sino que además empieza a darle la razón, ja, ja, ja, ja.
Sin duda, ha sido una jugada larga y maestra.