Estos últimos seis meses llevo escuchada demasiada música oscura. También he leído demasiados libros de terror. Tantos como películas he visionadas del mismo género. Y, aunque nada de eso logrará superar nunca el mundo de espanto en el que vivimos, semejante adicción a la tiniebla no es buena, joder, no es buena.
Tanto es así que hoy me he despertado en mitad de la noche, señalando una esquina de la habitación y susurrando ahogadamente: «¡Strigoi, strigoi!». Aunque, al encender la luz, me he dado cuenta de que señalaba el móvil, cuya alarma programé para que me despertara porque tengo que ir a currar.
Supongo que tengo que abundar más en otros géneros literarios, musicales y cinematográficos. Pero eso tampoco va a cambiar el hecho de que las vacaciones se han acabado. ¿Acaso, en el mundo occidental de los bien acomodados, existe algo más terrorífico?