Hay heroicidades de toda índole documentadas al detalle, tan loables como las que realizaron personas desconocidas de manera desinteresada y, a menudo, arriesgada. Anónimas, bien por decisión expresa o porque murieron en el intento, pero casi siempre sumidas en el olvido.
Luego, como es sabido, están los que asoman el hocico cuando la verdadera amenaza ha pasado. No contentos con pasear su estampa cuando su presencia es del todo innecesaria, condenan la pasividad del resto de sus congéneres ante el supuesto peligro contra el que se tendría que haber reaccionado.
La heroicidad de verdad suele ser altruista y silenciosa; por eso a menudo pasa desapercibida y pocas veces es premiada o reconocida. La ficticia suele ser esgrimida por los pobres de espíritu, que a toro pasado te dirán de qué forma habría sido mejor actuar. Y ellos, claro, porque no estaban allí, que si no...
Aunque tampoco nos llevemos a engaño: la gran mayoría nos partimos la cara por nuestros seres queridos, pero la giramos ante la indefensión y el auxilio ajenos. Suerte que hubo —y hay— hombres y mujeres que marcaron la diferencia, desobedecieron leyes injustas, desafiaron a la autoridad de su época y arriesgaron sus vidas en favor del débil y el necesitado.
Supongo que el héroe nace, no se hace. Aunque yo, si bien no es lo mismo, siempre estoy dispuesto a ser mordido por una araña radiactiva o a ser bañado de pies a cabeza por rayos gamma o cósmicos.