Demetario y Macaria vivían juntos en uno de los pisos claustrofóbicos del casco viejo de la ciudad. Clara muestra de que a los especuladores y fondos buitre les iba bien. Ya había anochecido y no paraba de llover, de modo que por el barrio empezaron a propagarse olores pestilentes, y por los desagües domésticos a emerger algún que otro reflujo de aguas residuales.
«Mierda», pensó Demetario, «Ningún ayuntamiento reparará el sistema de alcantarillado de esta zona tercermundista». Las alcaldías pasadas nunca hicieron nada al respecto, y la actual no parecía diferente. Nada cambiaba en realidad.
Demetario, hastiado, se tiró en su incómodo sofá de segunda mano y encendió la tele. Iba cambiando de canal sin detenerse en ninguno, cuando de pronto sintió en sus entrañas una presión conocida y característica. De ser otro lugar, hubiera sido un inconveniente, pero estaba en su cuchitril alquilado a precio de oro, así que no se contuvo.
Las sucias paredes, necesitadas de una urgente mano de pintura, retumbaron merced a una sonoridad llena de dicha, y la atmósfera de la estancia, ya de por sí enrarecida, se impregnó de una presencia maloliente y muy ecuánime con la realidad de muchas de las vidas de aquella zona olvidada.
Macaria estaba duchándose y no pudo oír nada. Pero su olfato funcionaba a la perfección, pese a que había contraído hasta siete veces el virus del covid. El sonido del agua cesó abruptamente y Macaria apareció frente al televisor envuelta en una toalla. Pelo húmedo, cara cansada y todo más o menos un par de centímetros más abajo que hacía dos años. Como él, a fin de cuentas, puesto que la vida era decaer y decaer.
Aun así, en aquel momento la quiso más que nunca.
—Bueno, je, je, no he podido evitarlo. Ya sabes, demasiada comida basura en la obra. Nos dan tan poco tiempo para almorzar y tengo que engullir casi sin masti...
—¡No me vengas con tonterías, puto cerdo! ¡Es como si hubiera un muerto pudriéndose debajo del sofá!
—Tampoco sería tan extraño. Hace una eternidad que no limpiamos esta pocilga. Aunque con la que está cayendo, no creo que huela tan mal como la calle.
—¡No cambies de tema, cabronazo! — Y continuó más calmada—. No me respetas. No me escuchas. No te importo un puto comino.
—Venga, Macaria, no digas eso. Si solo ha sido un cuesco. Ya casi no huele.
—Que te jodan, tío. No voy a aguantar esto ni un segundo más. Me voy. Me largo de esta mierda de piso. Tú y yo no tenemos ningún futuro. ¡Ninguno!
Así que se fue a la parte más alejada de la estancia (el piso era de cuarenta metros cuadrados habitables) y se puso a hacer las maletas a toda prisa. Demetario siguió cambiando de canal como si no estuviera ocurriendo nada, y en menos tiempo del que habría deseado, Macaria se esfumó. «Puta hostia, cariño», «cómo te has puesto», pensó Demetario. Se levantó, abrió la nevera y cogió una litrona de cerveza. Ya no tenía ganas de tirarse otro pedo; ya no había gas que expulsar.
La lluvia, en cambio, parecía no tener fin.