Llevo unos días leyendo sobre algo de reciente viralización llamado teriantropía. No es que me interese, pero me he obligado a ello antes de escribir esta entrada. Y me ha dado la sensación de que todo lo que he leído sobre el tema intenta convencerme de que es una práctica similar al teriomorfismo de culturas antiguas muy ligadas al chamanismo.
Y no cuela.
Si bien es cierto que tanto practicarlo como presenciarlo es indoloro, el terianismo moderno (así lo llaman los supuestos entendidos) no deja de ser una conducta ridícula, anormal y poco simpática. A mi modo de ver, apenas guarda relación con la profunda espiritualidad que sentían algunas culturas ancestrales, del todo respetables, respecto a los animales.
Sin ir más lejos, desde que cumplí diez años no dejo de sentir una profunda conexión con los chivos que retozan libres por las accidentadas montañas del planeta. Pero, en mi condición de bípedo, aparte de que no tengo nada que expiar, nadie me verá transitar la ciudad a cuatro patas con la cara cubierta por una careta astada de cabrón, a no ser que esté en un concierto de Marduk (por ejemplo), seriamente inducido por sus ritmos blasfemos.
No existe ya salvación alguna para nuestra raza y, en un momento dado, nadie escapa de ser un idiota. Pero, en mi caso, no será por algo tan visible, triste y burdo como la teriantropía actual.