Para mí, desde hace mucho, un año que sucede a otro no es más que un punto y seguido. No tengo nada que reiniciar, sino cosas que continuar y hábitos que mantener. De modo que no recuerdo la última vez que hice balance de algo. Joder, ni siquiera he escrito la entrada obvia y nimia en la que haga balance de este blog. Supongo que algún día llegará, cuando así lo sienta.
El calendario, ese sistema numérico y convencional que mide y organiza nuestro tiempo, me indica que ha empezado un nuevo año. De acuerdo. Pero yo, de forma inconsciente, reduzco ese dato a su mínima expresión y solo lo percibo como que mi existencia, lejos de cualquier transición, sencillamente continúa, sin estridencias, sin planes ni alteraciones.
A menudo, por estas fechas, leo escritos tan floridos como profundos sobre valiosos aprendizajes y lecciones edificantes de vida. No lo dudo cuando se trata del plano personal. Pero, en lo que se refiere al colectivo, por mucho que me fije, independientemente de la perspectiva, solo veo desaprendizaje. No me sorprende, puesto que nunca hemos sido buenos alumnos en nada.
Cada cual tendrá su visión particular sobre cuanto observa. No hay problema. Todos sabemos que hay quienes miran y no ven, y quienes solo ven lo que quieren. Yo quiero verlo todo, pero más allá de la superficie. Quiero saber qué verdad se esconde debajo de la alfombra y la manta. Esa que siempre nos será desconocida y aguarda junto al escándalo y la vergüenza.
Así que no reanudo, no recomienzo, no reemprendo, no restablezco, no reinicio. Solo continúo, sigo, prolongo, persisto, mantengo. Sin dejar de mirar y tratando de ver.