Mi destino fue ganarme la vida, ya de adulto, en las profundidades de la Tierra. No rockeando en la radio ni en un videoclip por haber triunfado en el mundo de la música. Nada más lejos de la realidad.
Ayer tuve una epifanía en un momento de oscuridad, en la que me vi con siete años, montado en una bicicleta. Me envolvía un aura resplandeciente, el viento me alborotaba el pelo y mis ojos destilaban inocencia. Quise entonces, con todas mis fuerzas, regresar a ese instante en el que no existía la mentira, todo era fácil y no había nada que entender.
Ridículo, nostálgico... Qué más da. Ahora solo quiero que los pequeños Danny y Lisa lleguen hasta mí con su canción, me tiendan la mano con una amigable sonrisa y me alejen cuanto puedan del hoy y de los lugares extraños.