El problema de estar demasiado lejos de todo es que la tentación de no regresar jamás aumenta día a día. Aun así, como siempre, emprendí el camino de vuelta hacia una existencia que volvería a anularme.
No tenía prisa por llegar, de modo que conduje de noche con la tranquilidad que ofrecen las carreteras secundarias, con la música del trueno a un volumen casi subliminal y dejándome hipnotizar por la sobriedad de la calzada desierta.
No me crucé con los perros del orden y la ley, siempre afanosos por recaudar para el amo. Solo me crucé con un hombre solitario, ya mayor, que se había detenido en el arcén por culpa de su próstata y sus circunstancias. ¿Quizá él también trataba de ralentizar la inevitabilidad de su destino?
El mío no era precisamente la ciudad de Las Vegas, allí donde Raoul Duke y su abogado, el Dr. Gonzo, vivieron una enloquecida travesía de miedo y asco. Y, si bien no dispongo del incendiario contenido del maletín que los acompañó en tan onírico viaje, yo también diviso a los murciélagos: cientos y cientos de ellos aleteando frenéticos en el horizonte iluminado por la luna.
Supongo que regresar no me da miedo, pero sí cada vez más asco.