26/8/25

475. Nubes de tormenta

    Siempre te creí cuando me decías que había música más allá de los oscuros rituales del black metal. Cuando me asegurabas que existían otros sonidos más allá de la visceralidad y el estruendo. Y siempre entendí que nunca quisieras acompañarme a uno de esos conciertos en los que la gente se empuja y se provoca luxaciones y roturas.

    Esas fueron tus palabras, sí.

    También capeamos juntos alguna que otra tormenta. Por negros que fueran los nubarrones, tú eras un poco como Maddie en esa canción que tanto te gustaba, bailando sobre el techo de la furgoneta voladora conducida por Diplo. Y eso me hacía sonreír y desearte. Yo, en cambio, estaba a años luz de ser como Labrinth, sentado en su nube rosa, porque siempre he tenido los pies en el suelo, aunque mis sueños volaran tan alto como los tuyos.

    No te negaré que aborrecí un poco esa canción. A pesar de esas y otras diferencias, yo siempre confié en ti, dispuesto a enfrentar contigo la nueva tormenta que divisamos a lo lejos, acercándose, lista para engullirnos. Pero decidiste soltarme la mano en el último momento y quedarte al otro lado, entre los rayos y los truenos.




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