Mi primera novia, a quien llamaré Bonifacio para preservar su identidad, no era guapa, pero estaba muy desarrollada para su edad. A los trece años, su cuerpo tenía curvas precoces y armoniosas que evocaban bellas melodías en quienes lo contemplaban.
Yo tenía un año más que Bonifacio e íbamos al mismo colegio. Una gélida mañana de enero, se acercó a mí durante el recreo y me confesó que mi gorro era muy bonito. Casi sin pensar, le dije nervioso y azorado que su bufanda era aún más bonita, y le propuse cambiársela por mi gorro. Aquella bufanda desprendía un olor revitalizante, semejante al de la tierra recién regada por la lluvia. Desde ese día, siempre que el cielo llora, me acuerdo de Bonifacio.
Los fines de semana salíamos en pandilla a deambular por las calles, plazas y parques de la ciudad, lo que era un síntoma inequívoco de que no teníamos nada mejor que hacer. En una de aquellas excursiones, Bonifacio me cogió de la mano y me separó del grupo. Estaba anocheciendo y nos sentamos en el borde de la acera. Justo cuando el manto de la noche engulló la última luz del atardecer, se acercó y me besó en la boca. Fue mi primer beso. Desde aquel instante imborrable, me quedé perdidamente enamorado de Bonifacio; mi persona y mi espíritu quedaron a su merced.
Como correspondía a nuestra condición hetero, Bonifacio y yo fuimos novios casi durante un año. En ese intervalo de tiempo, ella vino a mi casa y yo fui a la suya. Allí conocí a sus padres. Su progenitor tenía un parecido muy acentuado con ella que iba más allá de la lógica consanguineidad: ambos compartían la misma frente ancha, curvada y despejada como el capó de un 600, y el pelo les nacía cerca del colodrillo. En el caso de su padre era calvicie, y en el de ella, un remoto rasgo de belleza primitiva, que se sumaba a sus diminutas orejillas de trasgolisto y a sus enormes incisivos centrales de castor. Estos últimos sobresalían de manera amenazadora, le impedían cerrar la boca y requerían una ortodoncia.
En un principio, pudiera pensarse que la naturaleza fue especialmente cruel con mi novia y su papá. Pero no fue así, porque les dio rasgos propios: ella no tenía bigote y a su padre no le crecía el pecho. Todas las veces que iba a casa de Bonifacio nos encerrábamos en su cuarto. Sus padres enseguida me calaron y me consideraron un niño inofensivo; de hecho lo era, por lo que jamás se opusieron a nuestros encierros.
Mientras ellos hacían cosas de mayores, mi novia se tumbaba en su cama y yo intentaba tumbarme sobre ella, pero no lo lograba. Entre risas y con movimientos firmes, me obsequiaba con cariñosos empujones que me enviaban rodando al suelo. Sin embargo, yo perseveraba, obedeciendo a mi ímpetu de amor pubescente. En una de esas ocasiones, cuando ella descuidó su guardia (creo que lo hizo a propósito), logré tocarle una teta por encima del sujetador, la camiseta de algodón y el recio jersey de lana.
Se acercaba el verano y, como cada año, Bonifacio y su familia irían a Mallorca a disfrutarlo. Ante semejante realidad, cruda y fatídica, mi tristeza aumentaba a medida que se aproximaba la fecha. Me preguntaba repetidamente, con hondos suspiros, qué sería de mí durante todo un largo y cálido verano sin mi novia. Una tarde le comuniqué mi profundo pesar respecto a su partida. Ella, por el contrario, más que contenta, parecía exultante; para apaciguar mi desasosiego, me dijo que me tranquilizara, que había urdido un plan.
El plan de Bonifacio, que era intrincado y asombroso para su edad, consistía en buscarme una novia de repuesto durante las semanas que estaría sin ella. La elegida era una amiga cercana a la que llamaré Clodomiro para respetar su anonimato. Bonifacio me explicó que le había hecho creer a Clodomiro que yo estaba colado por ella y que íbamos a cortar. Esto, bien pensado, no me gustó nada. Las crueldades y mentiras del amor son imprevisibles, y a menudo se vuelven contra quien las utiliza. Además, aunque durante muchos años obedecí a mi condición de hombre llano y primario y defendí aquella frase que dice que «todo agujero es trinchera», solo pude contestar con un no; yo no era ningún puto.
Bonifacio, con una réplica que creo que tenía bien estudiada, me dijo que no se trataba de ser un gigoló, sino de ser una persona admirable que transmitía amor a otra persona bondadosa que lo necesitaba. Además, añadió que Clodomiro, a quien yo solo conocía de vista, estaba conforme con su papel de novia sustituta. Un punto a favor de aquel guiso desaguisado era que Clodomiro era guapa. Sin embargo, sus futuros encantos corporales no estaban solo dormidos, sino más soterrados que la lava de un volcán muerto. Bonifacio terminó diciendo que, si yo aceptaba ese plan, ella se sentiría menos culpable de sus posibles ligues en Mallorca. «¡Ajá!», pensé, «¡criatura diabólica y manipuladora!, ¡así que se trata de eso!».
No obstante, Bonifacio empleó sus prematuras artes de mujer para convencerme. Me prometió que, cuando regresara, me recibiría con un largo beso con lengua. Esto sería el anticipo de un tórrido apareamiento auténtico y sin ropa. ¡Madre mía! ¡Un beso con lengua y un apareamiento auténtico sin ropa! ¡Por fin! Mi relación con Clodomiro duró apenas una semana, puesto que no prosperó de acuerdo con el plan. Más que romper de mutuo acuerdo, fui yo quien tomó la ardua decisión de hacerlo. No estuvo bien, pero valga esta débil justificación: era un crío.
Cuando Bonifacio regresó de Mallorca, no dudó en darme de tacón como si yo fuera un mero objeto. Esto se debió a que no cumplí con mi parte asignada en esa desastrosa maquinación. Aparte, según ella, hice daño a Clodomiro, que era una de sus mejores amigas. De todas formas, extraje una valiosísima lección sin fecha de caducidad de este tragicómico triángulo amoroso. Esta lección me ha servido para estar a la altura de todas las relaciones que vinieron después.
Clodomiro me enseñó que los besos con lengua son húmedos y multidireccionales, y no con la lengua inmóvil y pegada al alvéolo del paladar de la chica, como me había hecho creer Bonifacio, mi primera novia.